14 de octubre de 2018

En Ajuy, el silencio, no existe.

No, no, que va.

Quitaros de la cabeza los grandes centros turísticos que todos tenemos en la cabeza cuando se trata de juntar Islas Canarias y jaleo.

Nada de eso: en Ajuy viven, cuando más, unas 80 personas.

Y aún así, el silencio, no existe.

Y entonces os preguntareis: – Porque narices no existe el silencio?

Pues muy sencillo y es que aquí, en este pequeño caserío marinero de la costa oeste de Fuerteventura, el dueño y señor de todo lo que ocurre no es otro que el Océano Atlántico.

Y claro, a este, nadie le tose.

Llegamos a este alejado municipio como a las 15 de la tarde para descubrir que detrás de sus 4 blancas calles y sus 4 restaurantes donde comer pescado fresco del día se encontraba una preciosa playa de arena negra que inmediatamente nos trasladó a nuestra querida Playa del Bollullo, en Tenerife. Aquí no hay rastro de las aglomeraciones que nos podemos encontrar en otras playas de la isla: como mucho la compartiréis con algún que otro isleño y algún guiri despistado y poco más a pesar de no tener nada que envidiar en cuanto a belleza a ninguna de las que vimos ayer.

El motivo?

Pues lo dicho y es que aquí, en Ajuy, el silencio, no existe.

Y es que detrás de esta idílica postal, el Océano Atlántico se desmorona en enormes olas que dejan detrás de si un atronador rastro que se lleva por delante todo lo que se pone a su paso. Es increíble la fuerza que puede llegar a tener el mar y ponerse a contemplarlo es todo un espectáculo en si mismo. El ruido es constante pero nunca llega a molestar: forma parte del paisaje, es una pieza más de todo este tinglado y rápidamente uno se acostumbra a ese rugir que, en otras circunstancias, sería aterrador.

Es entonces cuando, una vez asumido tu papel, el sitio es ideal, sin gente, sin apenas viento, y divertido, muy divertido, y es que de vez en cuando uno se ha de poner en remojo ya que la negra arena desprende un calor asfixiante y entonces, cuando eso pasa, el revolcón está asegurado y un revolcón aquí significa arrastrarte durante unas buenos metros primero hacia arriba y luego, como el mar, hacia abajo y llenando bien todos los orificios de tu cuerpo de su característica arena negra.

Pero en serio, a pesar de eso, el sitio es genial y ha pasado, automáticamente, a nuestra lista de lugares favoritos de las Islas Canarias y eso, ya sabéis, que son palabras mayores.

La Oliva y La Casa de los Coroneles

Nuestro día, por eso, había empezado unas horas antes, cuando dejábamos El Cotillo con la intención de descubrir el interior de Fuerteventura en una ruta por carretera que nos tenía que llevar a descubrir sus secretos mejor guardados y el primero de todos ellos, lo encontrábamos a los pocos kilómetros de abandonar nuestro apartamento, en el vecino municipio de La Oliva donde se levanta la edificación civil más antigua de toda la isla: La Casa de los Coroneles.

Está situada a las afueras del municipio y a la hora que nosotros llegamos, aún pronto, la teníamos entera para nosotros solos.

Se trata de un edificio levantado en el siglo XVII y que servía como residencia para los coroneles que, aquí, también ostentaban el poder civil, con lo que en realidad eran los mandamases de la isla y claro, eso se nota con solo ver su chozita: un enorme edificio de dos plantas, coronado con dos torres en sus extremos y que luce, en su segunda piso, 8 precioso balcones canarios en su fachada principal.

Hoy en día el edificio es utilizado para albergar exposiciones con lo que está perfectamente remodelado pero en los alrededores aún podemos ver los establos y almacenes que formaban parte del recinto en su estado original, es decir, hechos polvo, con ese aire de Far West que tiene en general toda la isla de Fuerteventura.

Tindaya

Con todo, esta era tan solo nuestra primera parada del día, y es que a muy pocos kilómetros de aquí se encuentra la misteriosa Montaña de Tindaya, perfectamente visible en el horizonte desde cualquier punto del norte de la Isla.

Este cono volcánico, se ha convertido en un emblema de la isla debido a su conexión con el pasado más remoto de Fuerteventura y es que en sus laderas se encuentran cerca de 300 enigmáticos grabados rupestres realizados por los aborígenes que hacen que se crea que Tindaya fue, para la población aborigen, un lugar relacionado con el culto religioso o incluso una especie de observatorio astronómico hecho que rodeó todo lo que tiene que ver con este viejo volcán de un gran misterio.

A pesar de que es posible subir hasta arriba andando, nosotros íbamos a ahorrarnos el calentón y nos desviaríamos justo hacia el lado opuesto al llegar a la altura de la montaña sagrada para encaramarnos al primero de los miradores que íbamos a visitar hoy, el Mirador de Vallebrón, que ofrece las mejores vistas de Tindaya con toda la costa norte de la Isla de telón de fondo, creando un paisaje de ensueño y que serviría de aperitivo para nuestra siguiente parada, ya en el puro centro de la Isla y obra de un antiguo amigo nuestro: el Mirador de Morro Velosa, de Cesar Manrique.

El Mirador de Morro Velosa

Y es que aquí el amigo saltó de su querida Lanzarote, que por cierto, es omnipresente desde gran parte del norte de Fuerteventura, para dejar su huella en este lugar, posiblemente el mejor mirador de toda la Isla, y es que desde él las vistas son de escándalo: un sinfín de colinas de color ocre se esparcen delante tuyo mezclándose con el azul del mar mientras las nubes, a tocar de ti, van cambiando la tonalidad del paisaje a medida que los vientos elisios las hacen bailar.

Un lugar donde sentarse y observar, coger aire y tomarse un minuto para uno, sin nada más en que pensar.

La verdad es que no podía ser de otra persona que del gran Cesar Manrique, quien sino.

Betancuria

Y de las alturas de Fuerteventura, al corazón de la Isla: Betancuria.

Este pequeño núcleo urbano, fue durante más de 400 años el centro neurálgico de Fuerteventura y es que desde su fundación por parte de los normandos, allá en el año 1404, hasta el año 1834, concentró todo el poder tanto a nivel civil como a nivel religioso y militar, algo que hoy parece a años luz nada más poner un pie en su precioso casco antiguo, de un blanco impoluto, con sus adoquinadas callejuelas y sus encaladas casas coloniales.

El hecho de que en su día se fundara en el centro de la isla el que iba a ser su núcleo principal se debió al interés de proteger tan importante plaza de los ataques de los corsarios que acechaban las Islas con regularidad y ojo, la idea era buena si no fuera porque de poco sirvió: menos de 200 años después de su fundación la ciudad ya había sido desvalijada, arrasada y posteriormente quemada enterita por piratas procedentes de las costas del norte de África con lo que tocó levantarla de nuevo, dándole un aspecto similar al que vemos hoy en día.

Y se ha de decir que les quedó un pueblecito precioso, en lo profundo de un marcado valle, y que se ha convertido en el mejor ejemplo posible de la arquitectura tradicional majorera hecho que hace que se acerque hasta aquí todo dios que pone un pie en la isla, ya sea en los muchos autobuses que uno se encuentra aparcados en las afueras del pueblo, o en sus coches de alquiler, como hemos hecho nosotros.

No os penséis que da para mucho rato, y es que el casco antiguo en si se centra sobretodo en los alrededores de la Iglesia de Santa María de Betancuria y su plaza, un precioso lugar donde relajarse bajo la sombra de alguno de los arboles que pueblan sus zonas ajardinadas, a no ser, claro, que uno quiera visitar el Museo Arqueológico o su vecino Museo de Arte Sacro cosa que, os digo desde ya, nosotros no hicimos.

Con todo, se acercaba ya la hora de comer con lo que continuamos con nuestra ruta en coche por el interior de Fuerteventura, esta vez, ahora ya si, con destino al mar, concretamente con destino al lugar donde empezábamos esta crónica, el pequeño pueblo marinero de Ajuy.

De camino hacia él, eso si, aún teníamos que pasar por otro mirador, el Mirador de la Peñitas, con unas vistas fabulosos sobre el Parque Rural de Betancuria, y sobre la curiosa Presa de las Peñitas, que vista desde aquí parece un lodazal en el fondo de un valle en donde la presencia de agua ha convertido el ocre en verde, y en donde las palmeras sacan la cabeza por primera vez, siendo estas, por el momento, el único árbol que hemos visto crecer de forma salvaje en toda la isla, y eso es mucho decir.

Desde aquí ya si que podemos decir que dejamos el centro de la isla para empezar a bajar ahora ya siempre en dirección hacia un mar que ya volvemos a ver de nuevo, y en donde se encuentra este pequeño pueblo que ha permanecido ajeno a todo, y en donde la historia también dijo la suya: es aquí donde desembarcaron los normandos en 1402 y es aquí también donde podemos ver los cachos de roca más primitivos de las Islas Canarias, con más de 100 millones de años de antigüedad.

Y es que en un extremo de la preciosa Playa de Ajuy, encontramos el Monumento Natural de Ajuy, englobado dentro del mismo Parque Rural de Betancuria, y que es un viaje a través de la geología de estas Islas.

A medida que vas avanzando por los acantilados formados por las distintas coladas de lava que han ido moldeando el paisaje, también se va viendo la mano del hombre, sobretodo en forma de antiguos hornos de cal y viejos muelles venidos a bajo que se utilizaban para sacar el mineral de la isla, hasta llegar a las llamadas Cuevas de Ajuy, en donde uno se da cuenta de lo realmente diminutos y frágiles que llegamos a ser y que son el lugar ideal para sentarse a observar la bahía mientras la enorme fuerza del Océano Atlántico hace de las suyas haciendo y deshaciendo a su antojo, como ha hecho por millones de años y como, nunca lo olvidemos, seguirá haciendo por siempre jamás.

Y con esto ya habíamos hecho el día. Teníamos claro que ahora solo queríamos disfrutar de la bonita Playa de Ajuy, absorber ese momento y ese lugar, y en definitiva, disfrutar de las Islas Canarias que, cada día que pasamos en ellas, nos gustan más.

Seguimos??

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