23 de agosto de 2018

Habíamos llegado a Mombasa con la intención de que fuera nuestra puerta de entrada a la Costa Swahili, una costa que, justo en ese preciso momento, empezábamos a descubrir: detrás nuestro se quedaba la isla de Mombasa mientras cruzábamos a bordo del Ferry de Lukoni, embutidos los 4 en un Taxi en el que flotaba la incertidumbre de si habíamos hecho bien en elegir Tiwi como nuestra primera parada.

Y es que bien poco sabíamos de ese pueblecito, situado a unos 25 km al sur de Mombasa, justo el pueblo de antes de la turística Diani Beach, y del que solo esperábamos una cosa: Playas de postal y tranquilidad, a ser posible, mucha tranquilidad.

Y claro, eso es una responsabilidad enorme.

Pero una vez más, África no defraudó.

Debíamos llevar algo así como una hora y cuarto cuando, al llegar a un desvío que se metía por un camino de tierra, nuestro conductor, giró. En ese momento aún no lo sabíamos pero esas 4 casas de adobe donde habíamos girado era Tiwi. Eso era el pueblo donde íbamos a pasar los próximos 4 días. Si lo que buscábamos era tranquilidad, la cosa prometía pero, donde está la playa??

Mientras tanto, nuestro Taxi se iba alejando más y más de la carretera, cruzaba enormes plantaciones de cocoteros, solo salpicadas por solitarias casas de adobe y nada más, mientras nosotros ya no podíamos aguantar sin llegar a nuestro destino, un destino que, por otra banda, el taxista, no tenía ni idea de donde se encontraba.

Pero de repente, los cocoteros cambiaron de luz, se abrieron un poco más de lo habitual y ahora si, eso de allí al final no podía ser otra cosa que el mar: no había duda, habíamos llegado y si, este era el lugar en el que debíamos estar.

Aún con todo, costó lo suyo encontrar nuestro alojamiento, la Swahili House, y tuvimos que preguntar en varias ocasiones hasta que finalmente, un pequeño cartel grabado en una lamina de madera nos indicó el camino y, lo he de reconocer, lo que nos encontramos allí superó, absolutamente, todas nuestras expectativas.

Imaginaros un lugar perdido del mundo, entre cocoteros, donde no se escucha otro ruido que el del mar, un mar que se abre delante tuyo con un color verde esmeralda intenso y que tienes al alcance de la mano, con tan solo bajar unas escaleras que superan un antiguo arrecife de coral y que dan a una playa eterna de fina arena blanca y en donde solo ves unos niños jugar en el agua y mar, mar y más mar.

Era justo eso lo que habíamos venido a buscar y era justo eso lo que habíamos encontrado, no podíamos pedir más.

Pero es que además, nuestro alojamiento era la puta bomba, no se le puede llamar de otra menra: se trata de 4 casas en un mismo recinto, casas que se alquilan enteras, con una piscina de agua salada en el centro, dando al mar, y en donde nuestra anfitriona, Salomé, hacía las veces de cocinera pero no como en un restaurante convencional, nada de eso.

Eramos nosotros los encargados de ir a comprar todo lo que quisiéramos al supermercado de Diani, y ella se encargaba de prepararnos el desayuno, la comida y la cena, lo que quisiéramos y a la hora que quisiéramos. Pero es que lo mejor de todo es que, como no podía ser de otra manera, en un sitio donde se respira mar, la estrella de todas las comidas no podía ser otra que el pescado y de suministrarlo se encargaban los pescadores locales que cada mañana salían a pescar: tu solo tenías que elegir que tipo de pescado querías, o si querías gambas, langosta, calamar…

Que tal os suena??

A nosotros nos sonaba igual de cojonudo que a vosotros pero tomándonos una Tusker tras otra en un garito que hay a unos 10 minutos andando y es que decidimos comer algo antes de acercarnos a Diani a comprar con una única intención, la de no tener que volver más: Diani es el polo opuesto, hoteles y más hoteles, mucho trafico, y sobretodo mucha gente y no, eso no nos interesaba en absoluto. Teníamos nuestro paraíso particular, y no íbamos a desaprovechar ni un minuto de él.

Así que ahora si, con la nevera bien llena de comida y, sobretodo, de Tuskers bien frías, era el momento de empezar a disfrutar.

Nuestros Mares del Sur nos esperaban…

24 de agosto de 2018

Levantarse con el sonido del Mar de fondo, así, en mayúsculas, saludar a Salomé mientras te prepara el desayuno, elegir la pesca del día y salir al jardín. Mirar a ambos lados y no divisar a nadie, afinar el oído y no escuchar a nadie. Empezar a andar. Primero pasas de largo la piscina, calmada, en la que se reflejan a la perfección los cocoteros que hay alrededor. Llegas a la verja, bajas las improvisadas escaleras y notas la fría arena bajo tus pies mientras un escalofrío recorre tu cuerpo, un escalofrío de libertad. Avanzas, tienes kilómetros y kilómetros de fina arena blanca por un lado y antiguos arrecifes de coral por el otro. Y en frente tuyo, el Índico.

A estas horas de la mañana, en él, la actividad es frenética: las mareas hacen que los arrecifes de coral salgan a la superficie, una superficie que, a esta hora, está ocupada por varias decenas de pescadores que van en busca de sus capturas diarias: algo se tiene que comer. Tu, si pensártelo, haces lo mismo y empiezas a caminar por lo que ayer era el fondo marino, donde centenares de arañas de mar se van moviendo en busca del escondite perfecto hasta que la luna haga su trabajo y deje las cosas en donde tienen que estar.

Con todo, después de varios centenares de metros andando mar adentro, llegas al filo de la plataforma en el lugar exacto en que el Índico te indica que te detengas, que no avances ni un paso más: la olas, en esta época del año, rompen con una fuerza tremenda y cualquier descuido podría ser fatal. Te detienes y te sientas en una roca que de aquí unas horas estará a varios metros de profundidad y observas, simplemente observas. Detrás tuyo, a bastante distancia ya como para tener una muy buena perspectiva, la Costa Swahili en todo su esplendor, se descubre como un paisaje onírico, de ensueño. Y si, vuele a recorrer tu cuerpo otro escalofrío. Otro escalofrío de libertad.

El sol pica con fuerza, en breve la marea subirá, es hora de volver a la playa. Alguien te ha dejado un coco abierto de regalo. Lo llenas de ron y te tumbas en la arena. Definitivamente, la felicidad debe ser algo muy parecido a esto.

El tiempo pasa, y con él llega la hora de comer. Un Red Snapper macerado, boniato y arroz. Y una Tusker, claro. O dos.

Vuelves a la playa. Un cocotero te proporciona una sombra ideal para esta hora del día. Solo tienes que mirar que no haya ninguno de sus frutos encima de ti. Cierras los ojos. Solo escuchas el mar y la leve brisa marina que, a esta hora, en el Índico, se suele levantar. Si, cada vez lo tienes más claro: la felicidad.

Te despiertas y te pones a andar. Sigues estando tu, el Índico, y la persona con la que quieres estar. No necesitas nada más.

Y llega el atardecer y con él, el fin de un nuevo día.

El olor a leña quemada ya empieza a impregnar el ambiente, se acerca la hora de cenar.

Mientras tanto, estirado en un camastro en el porche de tu casa abres un libro. Un libro y una cerveza fría, por supuesto. En frente tuyo, dos bandas rivales de monos caranegra la tienen armada: primero un grupo persigue al otro, luego al revés. El otro persigue al uno. Y así sucesivamente. No sabes que habrá pasado pero están muy cabreados. Tu solo eres un invitado y observas.

Y detrás, al fin, aparece la luna. Ahora si, es la hora.

Dos enormes calamares a la brasa, patatas y arroz. De postre, fruta. Mojitos. Risas.

Si, felicidad.

Y si, esto es el Paraíso. Nuestro día en el Paraíso.

Y no sabes si es un sueño, pero si lo es, no quieres despertar.

25 de agosto de 2018

Pero si el paraíso está en el trópico pues si, en el paraíso pues también llueve. Y, la verdad, no podía haber escogido un peor día para hacerlo que hoy.

Y porque?

Pues porque hoy era el día que dejábamos durante unas horas nuestro paraíso terrenal en Tiwi para ir a conocer el Parque Nacional Marino de Kisite, en la frontera con Tanzania.

Habíamos leído de esta excursión, que se ofrece por todos lados aquí, en Internet y las opiniones que habíamos leído eran buenas con lo que era algo que nos apetecía, la verdad: sobre el papel los 50 dolares que se pagan por ella no eran nada con lo que uno iba a hacer, que si delfines, que si increíbles arrecifes de coral, que si jugosa langosta, que si, que si…la teoría era cojonuda, lastima que la realidad, al menos nuestra realidad, fuera otro totalmente distinta y es que si lo llegamos a saber, de la Swahili House no nos mueve ni el tato.

Y es que al final, todo, es cuestión de suerte supongo, y es que o una de dos, o la gente miente más que habla en Internet para no reconocer que la cagó o lo que vivimos nosotros fue una realidad totalmente paralela pero bueno, vayamos por pasos y así lo entenderéis.

Nosotros gestionamos todo con nuestro Beach Boy, Boris, el único que se deja caer de vez en cuando por aquí, que nos había ofrecido ya esta excursión nada más pisar la playa el primer día y como el tío se enrolla y, la verdad, en comparación con lo que habíamos leído de otras playas, no es para nada pesado, decidimos que nos lo moviera él aunque, en verdad, en cualquier hotel os lo pueden gestionar.

Habíamos quedado con él a las 6:00 de la mañana para que nos recogiera la furgoneta que nos llevaría hasta Shimani, a las puertas del Parque Nacional y aunque el día no acompañaba un carajo, la promesa de que allí brillaría el sol nos hizo liarnos la manta a la cabeza a pesar de que, la gran mayoría de veces, lo que empieza mal, termina mal, y es que el ambiente, no sabemos si por el día o porque, no prometía nada bueno, la verdad.

Y claro, fue llegar a Shimani, y de sol, ni hablar, aunque como mínimo había dejado de llover y en el horizonte parecía que quería salir así que venga va, que ya verás como al final nos hará bueno y todo será genial….

Ilusos…

Con todo, una vez en el centro de visitantes, lo que hicieron fue llevarnos a un antiguo Dhow que nos esperaba en el muelle, bastante hecho polvo, la verdad, que sería el encargado de, primero, llevarnos por la bahía para ver a los delfines que llegan hasta allí para alimentarse de los peces que cruzan el canal para luego acercarse a la barrera de coral antes de terminar en la isla de Wasini donde nos esperaba nuestro manjar.

Pero claro, con lo que no contábamos era que si, había dejado de llover, de acuerdo, pero el mar estaba agitado no, lo siguiente, con lo que fue salir del puerto y el barco empezar a moverse más de la cuenta hasta el punto de que aún no habíamos salido de la Bahía y alguno que otro ya había empezado a vomitar.

Al menos si que vimos delfines, pocos y bastante pasivos, la verdad, nada que ver con los que habíamos visto un año atrás en Tenerife jugando con el barco, que va, pero bueno, verlos los vimos. Cuatro fotos y ala, a por la siguiente pantalla: los arrecifes de coral.

Y aquí, la cosa, ya se puso seria de verdad.

Y es que fue salir de la protección que nos ofrecía la Isla de Wasini y lo que antes era un mar revuelto se convirtió en enormes olas que hacían que el barco fuera arriba y abajo sin aparente control, las risas se esfumaron y al par que estaban sacando la primera papilla se le sumaron unos cuantos más.

Y eso que en el horizonte ya se divisaba nuestro objetivo, el arrecife que conforma el Parque Nacional Marino de Kisite, de poco más de 30 kilómetros cuadrados, pero es que no había manera de llegar, y a medida que avanzábamos, la cosa peor se ponía.

Pero llegamos, y con la intención de hacer que este día valiera la pena, pues como no, nos tiramos al agua, junto con un chavalín que no tendría más de 18 años y que, según decían, era nuestro guía. La jugada era la siguiente: el barco, echaba el ancla junto al arrecife, donde casi podías hacer pie ya que los bancos de arena estaban a pocos metros de donde nos encontrábamos y un pequeño grupo formado por nosotros 4, una pareja de italianos, otra de franceses y alguno más, nos íbamos con el guía, que llevaba un flotador por si alguien se cansaba a explorar los fondos marinos del Parque Nacional.

Y que tal los fondos??

Pues bueno, mucho coral roto, todo se ha de decir, pero va, aún podías ver bastantes peces con lo que era pasable. He leído por ahí que comparables a los del sudeste asiático o incluso mejor: la verdad, no se con que intención puede alguien escribir eso y es que no hay ni punto de comparación pero allá cada uno sabrá, lo que yo se es que, cuando no llevábamos ni diez minutos en el agua, rápidamente vimos que algo iba mal y es que la corriente lo que estaba haciendo era empujándonos cada vez más hasta mar abierto, alejándonos de la zona del barco y del arrecife pero no problem my friend, que llamo al barco para que nos vengan a buscar. Y claro, en el barco estaban por todo menos por estar pendientes de nosotros con lo que por mucho que el guía se pusiera a gritar como un loco, pues nadie se percataba de ello.

Así que la cosa se estaba poniendo seria, el barco cada vez estaba más lejos y los nervios más a flor de piel. Algunos decidieron tirar en contra de la corriente hacia el barco, gran error ya que te revientas en seguida y quedarte sin fuerzas en medio de la nada no es muy buena idea así que lo mejor era quedarse en el flotador, al final por narices se darían cuenta de que faltábamos, no?

Pero que va, no.

Quien mierdas nos mandó abandonar nuestro paraíso en Tiwi para venir hasta aquí??

Pero no era momento de ponerse nervioso así que con la cabeza fría, teníamos mascaras de snorkel así que alguien tiene que ir a avisar: y tranquilamente, sin cansarme más de la cuenta, respirando cuando tocaba respirar, poco a poco conseguí ir acercándome al barco hasta que ya me escucharon y, después de recogerme, hemos seguido hasta el flotador, que más poblado no podía estar y, al fin, hemos puesto todos un pie en el barco y nos hemos cagado en la puta madre que parió a todos ellos y hasta al pobre Boris que no sabía ni donde esconderse.

Pero ojo, que aún la cosa no termina aquí y es que a lo lejos, para hacerlo aún más emocionante, una fuerte tormenta se acercaba y si nos pillaba antes de que llegáramos al Canal podríamos tener otra vez problemas de verdad con lo que, en medio de un tenso silencio, el trayecto de vuelta se ha ido haciendo cada vez más eterno hasta que, como no podía ser de otra manera, la tormenta nos alcanzó aunque, por suerte, ya dentro de la bahía con lo que, como mínimo, no íbamos a naufragar.

Obviamente, la visita a la Isla de Wasini poco nos importaba ya, solo queríamos irnos para casa pero antes, tocaba comer, arroz, calamar y pescado frito. Ni fu ni fa pero claro, ahora mismo, hasta una langosta nos parecería mal con lo que cuando por fin hemos puesto un pie en tierra ya en el puerto de Shimani no nos lo podíamos creer: venga Boris traenos la furgoneta ya que nos queremos largar de aquí pero ya mismito.

Y eso hemos hecho: nuestro idílico paraíso nos estaba esperando y si ya lo valorábamos, imagina ahora después del día que habíamos pasado: era gloria!

Y es que a veces, hasta un sueño se puede volver en pesadilla pero, sabéis que??

Mañana será otro día.

Otro día en el paraíso…

26 de agosto de 2018

La Africa Pool la descubrimos casi por casualidad hace unos meses cuando, trasteando por internet, vimos en la pagina web de la Swahili House que muy cerca de ella, andando por el mismo fondo marino, cuando baja la marea, se crean unas piscinas en las formaciones del fondo coralino donde uno puede bañarse, hacer snorkel y pasar el rato entre peces de colores y corales y que una de ellas, la conocida como Africa Pool, además tiene la forma de África.

Reconozco que después del día de mierda de ayer, poco esperábamos ya de ellas pero decidimos darle una oportunidad a Boris que, la verdad, se quedó fatal también con lo ocurrido, y que nos enseñara este rincón de Tiwi poco conocido aprovechando que el agua hasta las 12 más o menos no está donde tiene que estar en la playa y que ese, obviamente, es el momento para verlas ya que cuando sube la marea estas desaparecen bajo la fuerza y la inmensidad del índico.

Además es importante no ir solos, tal y como nos dijo Salomé el primer día nada más llegar, por dos motivos: el primero es que en algunas ocasiones, muy pocas, pero se han dado casos de asaltos a turistas que iban sin nadie de aquí pero sobretodo, el motivo principal es que si no conoces las mareas y vuelves más tarde de lo debido, puedes encontrarte entre medio de los escarpados acantilados coralinos y enormes olas a las que no les costará nada hacerte papilla.

Así que con Boris mejor, no creéis?

De todas formas, como os he dicho, poco esperábamos pero, uuuuuna vez más, África nos volvió a sorprender.

El camino ya en si podemos decir que es entretenido: lo principal es no patinar ya que si lo haces lo más probable es que caigas encima de unas cuantas docenas de erizos que harán que te estés quitando púas hasta que te jubiles pero a pesar de esto, la formaciones coralinas se van sucediendo una tras otra formando un curioso escenario en el que los colores del agua juegan con los rayos de sol pero que se quedan en nada una vez llegas a la Africa Pool propiamente dicha.

Aquí el tema es que la profundidad es mayor, llegándote a poder tirar desde el antiguo arrecife de coral ahora convertido en acantilado que cierra toda esta parte de la costa, y eso hace que los colores adquieran tintes que cambian en función de los metros de agua que haya por debajo.

Además los peces que quedan aquí atrapados son muchos, destacando por encima de todos los preciosos y esquivos Lion fish, siempre alertas y escurridizos pero fáciles de distinguir en las cuevas coralinas.

La verdad es que el sitio este es un escándalo, y solos, claro.

No llevábamos ni una hora y ya nos habíamos olvidado por completo del mal trago de ayer y Boris…Pues Boris ya volvía a sonreír viéndonos disfrutar como enanos: que si ahora me tiro desde la alto del acantilado, que si ahora un poco de snorkel por aquí, que si un poco de snorkel por allá.

Con todo, después de un buen rato pasándonoslo como enanos, vino una familia de holandeses con sus niños pequeños. Ya los habíamos visto el primer día cuando llegamos en el garito donde comimos y deben de ser de los únicos turistas que hay por la zona porque son los únicos que vemos muy de vez en cuando y con ellos, llegó el momento de partir y de dejarles la Africa Pool para que también gozaran.

Pero ojo, no penséis que ya nos íbamos, no.

Boris tenía un as bajo la manga, un as del que no sabíamos nada con lo que la sorpresa fue aún más.

Y es que en lugar de volver a deshacer el camino, seguimos en dirección contraria de la playa, no se cuanto rato, no mucho, la verdad, hasta que llegamos a otra especie de piscina también profunda, como la anterior, aunque igual no tan espectacular. O mejor dicho, no tan espectacular lo que estaba a la vista y es que en un extremo de la piscina, una cueva sobresalía como un metro por encima del nivel del mar, igual un poco menos, y era, como no, hacia allí donde nos teníamos que dirigir.

Y fue entrar, y alucinar.

Nada hacía pensar que al cruzar esa pequeña cavidad, encontraríamos una enorme cueva de coral con una abertura en su parte superior que dejaba entrar los rayos del sol junto con densa vegetación que colgaba. El suelo, de fina arena blanca, brillaba con esos rayos clandestinos que lo iluminaban mientras en las paredes de ese escondite de piratas solo resonaban el eco de nuestro asombro mientras que el ahí fuera, una vez ya los ojos acostumbrados a la penumbra del interior, quedaba como otro mundo, otra dimensión.

La verdad es que el sitio era de película, precioso y misterioso al mismo tiempo y no se cuanto rato pasamos en él pero si que sé que si Boris no nos hubiera invitado a volver a la playa, muy posiblemente la marea nos hubiera pillado y eso si que hubiera sido un buen marrón y es que por mucho que parezca que uno tiene tiempo de sobras, cuando sube, lo hace tan de repente que no te das ni cuenta y las olas, que antes veías romper con fuerza muy en la distancia, ya están dándole caña a esos acantilados por los que, hace apenas un rato, tu paseabas sin pensar.

Desde luego que esta era la guinda perfecta para estos días aquí, en Tiwi.

Bueno, esto y la fabulosa langosta que Salomé nos cocinó a la brasa para cenar, si, eso también tuvo algo que ver…

27 de agosto de 2018

Pero al final, correcto, llegó el día.

Y es que si, nos teníamos que ir.

Teníamos que dejar atrás nuestro paraíso particular, ese lugar que imaginamos en Barcelona y que encontramos aquí, en Tiwi, en plena Costa Swahili. Teníamos que movernos, otros lugares nos esperaban, lugares llenos de misterios y de interrogantes. Una vez más, el eterno dilema del viajero eventual nos golpeaba con fuerza: – Porque irnos de aquí?? Sabíamos que, muy difícilmente, encontraríamos un lugar donde estuviéramos más a gusto que en este, pero, una vez más, nos fuimos y es que de eso se trata, del movimiento, de avanzar, de vivir intensamente cada segundo, de aspirarlo con fuerza y de, aunque no sepas muy bien el porque, ir a por más…

Con todo, no eran ni las 12 del mediodía que se cerraban las puertas del Taxi que nos tenía que llevar en unas 4 horas hasta nuestro siguiente destino, Watamu, bajo un silencio sepulcral pero eso, amigos, ya es otra historia…

Seguimos!

DATOS PRACTICOS

· Donde dormir en Tiwi: Y es que aquí he de reconocer de que gran parte de culpa de que saliéramos enamorados de este pequeño pueblecito del Índico fue donde nos alojamos: la Swahili House.

Este lugar, ubicado al final de la playa de Tiwi, es un pequeño complejo en primera linea de mar, rodeado de cocoteros y en donde encontramos cuatro casas de distinta capacidad cada una y que se alquilan enteras.

La que nosotros alquilamos era una casa de dos pisos con un dormitorio arriba y otro debajo, cada uno con su cuarto de baño y una sala de estar enorme junto a la cocina que daba aun porche donde era un verdadero lujo sentarse al atardecer mientras uno ve los monos haciendo de las suyas y el día va llegando a su fin mientras se saborea una Tusker helada. Pura Vida!

Nosotros pagamos por las cuatro noches que estuvimos en ella 479€, es decir, unos 25€ por persona y noche pero es que lo mejor de todo es que, con el precio, te entra una cocinera que te prepara el desayuno, la comida y la cena, lo único que tu has de hacer es ir al Super a comprar todo lo necesario para cocinar y decidir, cada mañana, de lo que da el Mar: pescado, gambas, langosta, calamares, lo que quieras.

Además, Tiwi no es una zona aún muy urbanizada y la playa, que la tienes justo enfrente de la Swahili House, la tiene prácticamente entera para ti solo, y eso, de verdad, si que no tiene precio.

Ni os lo penséis, vale la pena venir hasta aquí solo para este lugar: Muy, muy Recomendable. Yo, lo tengo claro, volveré.

Un consejo que si que os doy es que aprovechéis y, antes de llegar a la casa, si vais en Taxi, os lleve primero a Diani para comprar toda la comida que queráis para los días que vayáis a estar porque sino lo primero que tendréis que hacer es llamar a otro Taxi, pagarlo, por supuesto y volver al pueblo con lo que si llegáis ya con los deberes hechos, pues mejor que mejor. Luego, ya con el grueso de la compra hecha, si necesitáis algo más, siempre podéis ir en un Boda-Boda, que no es otra cosa que una Moto Taxi donde pueden ir hasta tres personas, a las pequeñas tiendas que hay en Tiwi para comprar algo de fruta o verdura, mucho más barato y rápido que tener que ir a Diani.

· Como llegar a Tiwi: Nosotros llegamos desde Mombasa en Taxi, sin duda la opción más rápida (tardamos como hora y poco), cómoda y no excesivamente cara: pagamos unos 25$ por el trayecto y éramos 4 así que nos salió bien. El contacto del tío que nos llevó es este: Charles +254 737 60 50 54.

· Donde comer en Tiwi: Pensar que Tiwi no es una localidad turística en si sino que es un pequeño pueblo de casas de adobe en el interior y una franja de costa donde se encuentran algunos (pocos) hoteles con lo que para comer lo mejor es que lo hagáis en vuestro hotel. Si os quedáis en el Swahili House no tendréis que preocuparos por eso ya que se encargan ellos de todas las comidas pero si no es es caso (grave error), cerca de donde estábamos, se encuentra el Tiwa Lodge, que tiene un chiringo frente al mar donde también puedes comer buen pescado y en donde encontrarás cerveza fría (y caliente).

Y después claro, esta Diani, a la que tienes que llegar en Taxi (unos 20$) y donde allí si que encuentras mil opciones para comer y beber y de todo. Pero yo no las se porque solo lo pisamos para hacer la comprar y volvernos a nuestro paraíso particular.

· Parque Nacional Marino de Kisite: a pesar de nuestra mala experiencia y de que, bajo mi punto de vista, los fondos marinos de Kisite no valen demasiado, esta excursión es sin duda la más demandada de todas las que se hacen en esta zona al sur de Mombasa y si queréis probar suerte igual podéis demostrar que simplemente tuvimos un mal día y que todo fue culpa del tiempo que nos hizo, el barco que pillamos y la tripulación que nos llevó (muchos factores, no?).

La excursión es omnipresente y la podéis contratar donde queráis: en el hotel, en la playa a alguno de los Beach Boys que hay por allí o en Diani hasta en la sopa. El precio más o menos es el mismo, entre 50 y 60 dolares y lo único que cambiará será la furgoneta que os llevará hasta Shimani ya que una vez allí todas se meten en el mismo barco así que mirar de regatear todo lo que podáis porque no hay mejores o peores excursiones, todas son la misma.

Y si vais, por favor escribirme y darme vuestra opinión. A ver si le doy una segunda oportunidad.

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