Crónicas de Tenerife: El Parque Nacional del Teide o un pedazo de Marte en la Tierra

Echeyde es el nombre con el que los primeros habitantes de la isla, los guanches, conocían al común denominador de cualquier paisaje tinerfeño: el Teide. Creían que en su interior habitaba el demonio, Guayota, y que cuando este se cabreaba lo demostraba mandándoles recaditos en forma de fuego a los moradores de sus laderas. El Teide es un volcán (uno de los más de 300 que hay en la isla) que, con sus 3.718 metros sobre el nivel del mar, ejerce de cabeza de cartel a cualquier visita que se precie a la isla y en nuestro caso, obviamente, no iba a ser distinto.

Muchas son las posibilidades que ofrece el Parque Nacional del Teide para quien lo visita, desde un simple paseíllo por sus campos de lava hasta pegarse una pateada del carajo para subir a pie a su cima, todas ellas, eso sí, transcurren por paisajes más bien marcianos con lo que la experiencia, hagas lo que hagas, será de las que se recuerdan durante bastante tiempo.

Nosotros, después de nuestro fiasco para conseguir el permiso para subir a pié desde la estación superior del teleférico (mirar de sacarlo a través de la web con bastante tiempo de antelación o estaréis jodidos, nosotros mes y medio antes ya estaban agotados, solo 200 al día) y después de descartar la idea de subir a hacer noche hasta el refugio de Altavista y subir a la cima antes de las 9:00 de la mañana (la única forma de poder subir a la cima del Teide si no tienes el permiso de ascensión es hacerlo antes de que abran el teleférico a las 9:00) habíamos optado por mirar de aprovechar el día al máximo y subir hasta la estación superior del teleférico con el primero que saliera, eso es a las 9:00 y así disfrutar de los colores del amanecer en lo alto del volcán. Después, una vez arriba, la idea era ir hasta el mirador del Pico Viejo, uno de los tres senderos que salen desde la estación superior y para el cual no necesitas permiso previo.

Eso sí, eso tiene un peaje, claro está, y es que el Teide, como ya sabéis, se encuentra en el centro de la isla y nuestra parada, en la estación inferior del teleférico, está situada nada más y nada menos que 2.356 metros de altitud y, como ya os imaginareis, la carretera para llegar hasta ella no es que sea precisamente una carreterita en línea recta, que va. Para ganar tanta altura en tan pocos quilómetros la carreterita se retuerce que da gusto y eso hace que se tarde en recorrer los poco menos de 60 km que hay de distancia desde la puerta de nuestra casa (a 0 metros sobre el nivel del mar) a la estación algo así como hora y media. Eso, sin contar las paradas, claro está. Pues nada, hacer números vosotros mismos: madrugón que nos comemos.

Dicen que la sarna con gusto no pica. Una mierda. La sarna con gusto pica igual, de la misma manera que un madrugón, aunque sea para hacer algo que te guste es un madrugón igual y te cagas en todo lo que se mueve cuando suena el despertador pero bueno, al lío que no hay tiempo que perder y a las 7:00 de la mañana, aún de noche, a pillar nuestro coche para empezar a ganar metros lo antes posible.

Eso sí, el trayecto vale la pena, y mucho. Nosotros subimos por Vilaflor, ganando metros rápidamente entre viñas primero y enormes bosques de pino canario después hasta llegar a la entrada del Parque Nacional donde, de repente, todo cambia. La vegetación desaparece por completo debido a la altura, el terreno se ennegrece por momentos y tu pasas de tu tierra conocida a un paisaje lunar por conocer. Hasta el aire parece ser distinto. Sin duda, cada vez tenemos más claro que esta isla es una isla de contrastes. Que estamos en una isla donde hay mil islas distintas. Y el frío, la madre que me parió, que puta rasca que pega. No me creo que no lejos de allí, a menos de 10 km en línea recta la gente este preparándose para ir a la playa. Si me estoy quedando pajarito!

Exceptuando eso, la sensación que uno tiene es sobrecogedora. La primera imagen que tenemos nosotros al entrar al Parque, desde la Boca de Tauce, es la de una enorme colada de lava, negra como el tizón, que baja directamente del cráter del Pico Viejo. El Pico Viejo, también conocido como Montaña Chahorra, no es ni un Pico ni una Montaña, sino un volcán. En realidad, en toda la isla no hay ni picos ni montañas, sino volcanes, lo único que se les ha quedado el nombre que se les ha querido poner por la razón que sea, pero correctamente hablando, son volcanes y, como he dicho antes, en toda la isla hay más de 300.

Pero volvamos a Boca Tauce que me lío, va. Lo que decíamos, llegando desde Vilaflor, la imagen de la gran colada de lava negra que sale y baja a plomo desde el Pico (Volcán) Viejo es de esas que sobrecoge, sobre todo si no estás acostumbrado a estos paisajes como nosotros. Es en estos momentos donde te das cuenta realmente dónde estás. Y además algo tenía que tener bueno el pedazo de madrugón que nos hemos tragado y es que, por ahora, tenemos todo el parque para nosotros. No hay nadie, ni un alma, y eso aún le da un aspecto más dantesco a la situación.

Desde aquí nos unimos a la carretera que viene desde Santiago del Teide y nos metemos en el Llano de Ucanca, en medio de un paisaje completamente marciano, y menos mal que hemos salido con tiempo porque parecemos tontos parando cada dos por tres para bajar y hacer unas fotos o simplemente para contemplar alguna de las sorpresas que a cada metro se te abren delante de ti.

Lo bueno de esto es que, los que construyeron las carreteras por las que circulamos, en muy buen estado, por cierto, ya tuvieron en cuenta la gran cantidad de palurdos como nosotros que querrían inmortalizar el lugar y hicieron miradores cada pocos metros donde parar con el coche y darle caña al selfie, sino no me quiero imaginar los pollos que se podrían liar aquí en temporada alta y en horas punta. No en vano, hemos de tener en cuenta que estamos en el Parque Nacional más visitado de España, con más de 2.000.000 de turistas al año. Casi nada.

Siguiendo por la carretera, llegando ya a la altura del primer centro de visitantes, el de la Cañada Blanca, junto al Parador, encontramos uno de los puntos más pintorescos y seguramente más fotografiados de todo el parque, en el Mirador de Roques García, y es que, para los que habíamos pagado con pesetas, aquí tenemos la que fue la imagen del billete de 1.000, con una roca estratificada retorciéndose y sosteniéndose de forma inverosímil con el magnífico cono volcánico del Teide justo detrás.

Foto obligada y a darse brillo que después del calentón para levantarnos aún vamos a llegar tarde, va.

Para llegar a la estación del teleférico no hay perdida, no son muchos los cables que cruzan todo el Teide hasta su parte superior así que solo tienes que ir hasta el final de ese y encuentras la estación inferior allí, aún prácticamente vacía al llegar nosotros, solo algún que otro turista friki como nosotros y los trabajadores del Parque.

Y nosotros todo motivados. El día, al menos aquí abajo, acompaña bastante. Hace frío, está claro, pero al menos no hace mucho viento, que sería lo único que nos podría joder el plan así que nos preparamos la mochila, un poquito de crema en la cara que aquí arriba el sol pica mucho más, sobretodo abrigo para cuando salgamos arriba y a esperar nuestro teleférico, el primero…

  • Mira ya sale alguien, supongo que ya podemos subir, vamos hacia allí, va. Joder que ganas…
  • Lo siento chicos, pero el viento en altura es superior a los 65km/h y eso es demasiado para poder utilizar el teleférico así que hoy estará todo el día cerrado…
  • Qué queeeeeeeeeeee??

Reconozco que al principio no sabía si es que no pillaba muy bien el humor canario o la cosa iba en serio. Era inimaginable pensar que mil metros más arriba el viento era lo suficientemente fuerte de como para que no pudiera funcionar el teleférico pero chicos, esto, aunque por el contexto no nos lo parezca, es alta montaña, y todo, absolutamente todo, es posible.

Nos quedábamos sin subir al Teide. Sin, seguramente, el plato fuerte de nuestro paso por la isla, o al menos eso creíamos antes de llegar aquí. También he de reconocer que subir en teleférico no me hacía mucha gracia, soy de los que cree que estas cosas te las tienes que ganar y pegarte el calentón de subir hasta arriba a pata. Sea como sea, la cara de tonto que teníamos ahora mismo no nos la quitaba ni el tato. Y después del madrugón que nos hemos pegado. Pero de eso se trata viajar, siempre digo lo mismo, si los planes salen tal cual los has planeado es que son una mierda de planes, no falla, así que tocará, ahora ya sí que si, volver a Tenerife y subir, esta vez sí, hasta arriba del todo y, esta vez sí, a pata. Todo pasa por algo. Los teleféricos son de cobardes.

Los 54€ que pagamos para subir y bajar los dos nos los devuelven en la misma oficina del teleférico. También está la opción de cambiarlo por otro día pero nadie te asegura que primero, no vuelva a pasar lo mismo y, segundo, que tengas plaza en los teleféricos del día anterior ya que se ha de tener en cuenta que para los días siguientes también están a tope de reservas así que mejor suelta la pasta y ya lo dejamos para una próxima ocasión.

Y ahora que hacíamos? Pues fácil, ya no se podía subir más, pues a bajar.

Pero primero de todo queríamos pasar por el otro centro de visitantes del parque, el de el Portillo, no sin antes pasar por uno de los paisajes más impresionantes de los que nos hemos encontrado: las Minas de San Jose.

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Te las encuentras así de repente, entre colada de lava y colada de lava, y si hasta ese punto parecía que estuviera en la luna, ahora no, pero seguías sin estar en la tierra: estabas en Marte.

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Y no lo digo yo, eh, lo dice la NASA y la ESA que hicieron las pruebas de los prototipos de los vehículos que iban a enviar a Marte en las Minas de San Jose, según ellos –No hay en Europa un sitio tan parecido a Marte como las minas de San Jose.

Y la verdad, tienen razón. Bueno, supongo, no he estado nunca en Marte pero imaginármelo, me lo imagino así. Campas de grava volcánica con enormes formaciones de color negro que emergen entre ellas, valles, paredes verticales que aparecen y desaparecen de la nada. Y nosotros por ahí, caminado, solos, completamente solos. Una experiencia de esas por las que adoro esta historia de viajar. Y lo que decíamos antes de que el tiempo cambia, en cuestión de minutos. Si en la estación inferior no corría ni pizca de aire, ahora, a pocos quilómetros de ella, el viento soplaba con una mala ostia que hacía que agradeciéramos no estar en lo alto del volcán ahora mismo. Por cierto, no intentéis mear en estas situaciones, un consejo que os doy.

Y ahora ya si, después de nuestra enésima dosis de marcianismo, hacia el centro de visitantes de El Portillo donde queríamos ver si, al menos, tendríamos la posibilidad de ver otro de los platos fuertes de este Parque Nacional: el Tajinaste Rojo del Teide, la flor por excelencia de la isla, endémica de ella, y que parece sacada de la película Abatar.

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Esta flor, que mide hasta tres metros, florece a mediados de mayo y su roja flor es un icono de la isla. Sabíamos que no estábamos en temporada, por poco, de hecho, habíamos visto sus esqueletos secos durante todo el trayecto pero nos habían dicho que igual en los alrededores del centro de visitantes ya podíamos ver alguna en flor pero que va, de eso nada, hoy no era nuestro día, de hecho, ni el centro estaba abierto. Una chica, muy simpática, eso sí, nos enviaba a Vilaflor, de dónde veníamos, vamos, donde, según dicen, allí sí que habían florecido algunos ejemplares pero esos según dicen ya me los conozco yo. Que va, ya si eso a la próxima.

Y tocaba seguir bajando.

Para ello elegíamos la carretera que va hasta La Esperanza, pasando por el complejo del observatorio nacional del Teide, para, poco después, meternos ya de llenos en la corona forestal, los densos bosques de pino canario que cubren la base del Parque Nacional. De repente, volvía a ocurrir, pasábamos de Marte a la Luna, y de la Luna a la Tierra y, como todo en esta isla, casi sin darte cuenta. De repente lo espectacular no era la aridez que te rodeado sino todo lo contrario, la verde densidad de los bosques que tenias alrededor. Ni mejor, ni pero, diferente. Y de esta manera, curva tras otra, hemos ido perdiendo altura hasta que, sin hacer ruido, como cuando entrabamos horas antes, dejábamos los terrenos del Parque Nacional del Teide a nuestras espaldas, no puedo decir que cumpliendo nuestras expectativas porque, directamente, es imposible esperarte algo de lo que te encuentras aquí arriba pero si con la sensación de que haber vivido esa experiencia que uno busca cuando sale de casa, cuando buscas romper con la rutina, cuando buscas que tus días sean distintos, cuando buscas tener, sobretodo algo que recordar y esto, seguro, lo recordaremos…

Y volveremos, claro está….

Seguimos!!

 

 

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