Crónicas de Tenerife: Aquella mañana que pasamos navegando entre ballenas y delfines…

Igual es cuestión de demasiados excesos, igual es que salí así ya de serie, quien sabe, el tema es que tengo muy pocos recuerdos de mi infancia, recuerdos vivos, me refiero. Mantengo, como mucho, algunas imágenes, situaciones concretas, algo así como fotografías en mi cabeza y una de ellas, y que nunca se me olvidará, es la imagen de yo de txiki, con mis padres, en un barquito de mala muerte, aquí, en Tenerife, saliendo en busca de ballenas y delfines con un tiempo de perros, pero de perros de perros, y la imagen del barco arriba y abajo, el agua chocando violentamente contra los cristales y la peña echando la ultima papilla en la primera esquina que encontraba libre para tal labor.

En verdad no lo recuerdo como algo trágico, no es de esas situaciones que te marcan para siempre, que va, nada de eso, simplemente lo recuerdo como una anécdota, supongo que fruto de la inconsciencia de la edad, yo que sé, pero el hecho es que lo recuerdo y por ese motivo, esta mañana, al abrir la ventana de nuestro apartamento y ver el cielo negro como el tizón y escuchar el rumor del viento fuera en la calle lo primero que me ha venido a la cabeza ha sido que la madre que me parió, menudo día hemos ido a escoger para ir a ver a esos animalitos de dios pero ahora ya la suerte estaba echada y no nos íbamos a tirar hacia atrás así que después de recoger bártulos y preparar la mochila para hoy, a las 8 en punto de la mañana poníamos al bólido dirección Puerto Colón, en donde teníamos que estar a las 9:00 de la mañana para empezar la excursión.

Como os contamos ayer, habíamos contratado la excursión larga, de 4 horas y media de duración con la gente de Royal Delfín (Aquí). Supimos de ellos por la gente de Un mundo para 3 y, la verdad, no nos calentamos mucho la cabeza para buscar alternativas, si a ellos les había servido, a nosotros también. Y no es que fuera, para mí al menos, una excursión más. Me hacia especial ilusión esta salida, igual para cerrar el círculo que años atrás se abrió con la excursión tragicómica de las papillas al vuelo que os he contado al empezar, quién sabe, aunque en verdad, días después volvimos a repetir la experiencia y en esa ocasión, por lo visto, todo fue a pedir de boca y tuvimos nuestra cita con los cetáceos pero ya veis, digo por lo visto porque acordarme, me acuerdo cero. Supongo que si no roza la tragedia el hemisferio más hijoputa de mi cerebro no almacena la suficiente información. Es más, incluso después de ese episodio han sido varias las veces en que he podido disfrutar de esos animales en libertad. Sin ir más lejos el verano pasado en la costa de Motril, desde la misma playa, con una cervecita en la mano tuvimos la visita de una numerosa familia de delfines que jugaba a escasos metros de la orilla. O en Varkala, en el sur de la India, mientras desayunábamos en lo alto de los acantilados que dominan la playa también tuvimos un encontronazo con ellos. Incluso ballenas también he visto después, si no recuerdo mal en el ferry que nos llevó de Barcelona a Livorno, donde, durante un buen rato, tuvimos la compañía de todo tipo de cetáceos y delfines para nuestra distracción. Y sin embargo, lo que os decía, me hacía especial ilusión este día de hoy y por eso mi alegría a medida que nos íbamos acercando a Puerto Colón y, al mismo tiempo, el cielo se iba desencapotando y, lo más importante, el viento arreciando.

Total, que no eran ni las 9:00 de la mañana y los dos únicos frikis que estábamos ya en el muelle 12, en frente del Royal Delfín esperando para poder subir éramos aquí nosotros dos.

Como debe de ser.

El Royal Delfín es un catamarán con capacidad para unas 200 personas que consta de tres pisos. La terraza superior, donde la gente se hace vuelta y vuelta bajo el traicionero sol tinerfeño y en donde, obviamente, nos situamos nosotros. La cubierta inferior, donde se encuentra el bar y donde sirven la comida y debajo de todo, un casco de cristal para poder ver las profundidades del mar y, obviamente, a todo bicho, grande o pequeño, que se acerque a nosotros.

La excursión finalmente nos ha salido por 45€/persona y en ese precio se incluye, a parte del trayecto en sí, la comida de a bordo, una barra libre de bebidas, y un guía la mar de majo, Johan, creo que se llamaba, y que él solito se casca la explicación para todos los pasajeros, sean de donde sean. Solo hoy, con el barco no demasiado lleno, como mucho seriamos unos 50, ya ha hablado en, si no recuerdo mal, 5 idiomas y nada, como Pedro por su casa el campeón. Que envidia el cabrón.

Pero a lo que íbamos, y es que puntuales, a las 9:30 de la mañana dejábamos Puerto Colon para ir a buscar el estrecho que se abre entre la isla de Tenerife y La Gomera, estrecho natural donde viven, de forma permanente un gran número de Ballenas y delfines, unos más fáciles de ver, otros más difíciles, pero ahí están.

Los motivos por los que aquí es relativamente fácil avistar estos animales son varios. Las temperaturas durante todo el año del agua, que oscilan entre los 17 grados en invierno y los 24 en verano, las profundidades que se alcanzan en este estrecho, que superan los 2.000 metros en algunos puntos y la gran cantidad de alimento que eso conlleva hace que sea uno de los sitios favoritos para estos bichos y de ello hemos podido dar fe a los pocos minutos de salir del puerto y es que, igual no habían pasado ni diez minutos que el capitán ya nos estaba diciendo que nos levantáramos mientras aminoraba la marcha ya que había avistado a varias familias de Calderón Tropical, en frente nuestro. La verdad es que cuando lo ha dicho yo no veía absolutamente un carajo, solo mar, pero a los pocos metros se ha empezado a divisar en el horizonte que algo interrumpía la monotonía del océano y ahí estaban, quizás 50 de estos animales, también conocidos como ballenas pilotos, tomando el sol, totalmente ajenos a todo, supongo que, en parte, acostumbrados a que los guiris, día si día también vengan a fotografiarles mientras hacen la siesta.

Que pasada por eso, ver a estos bicharracos, que llegan a medir más de 5 metros a tocar de ti, con el silencio solo roto por el respirar de estos animales, familias enteras, crías jugando con sus madres. Joder, acabábamos de salir y ya había valido la pena todo el día. No sé cuanto rato hemos estado con ellos, igual ha sido media hora como 3 minutos, ni lo sé ni me importa, ha sido lo que yo llamo un momentazo, y a medida que pasaba el rato como que iban cogiendo más confianza y se iban acercando más. Genial, todos como niños chicos los que estábamos allí.

Hasta que el Capitán ha vuelto a decir algo por los altavoces, y otra vez igual, para mí que los tiene en nomina y queda con ellos porque en el agua no había absolutamente nada y ese ya estaba anunciando que a babor habían delfines moteados. Hasta la marca sabia! Y yo que solo veía alguna triste gaviota por ahí volando. Pero si, allí estaban, que cabrón. De repente han empezado a aparecer, en grupos de 4 o 5, cada vez saciando más su curiosidad, acercándose más y más hasta que han empezado a jugar con la estela de nuestro barco. Otro momentazo, y no llevábamos ni una hora en alta mar. Por lo visto, este tipo de delfín, que vive 6 meses en las aguas del Caribe y otros 6 en las aguas del atlantito, no es tan fácil de ver como los calderones aunque, a decir verdad, no sé si eso será como una especie de truco para ligar con nosotros que se marca el capitán. Sea lo que sea, el momentazo nos lo ha dado, y ver a estos animalillos jugar con el barco es una imagen que seguro no olvidaremos en mucho tiempo. Viendo esto solo puedo que reafirmarme en la convicción de que estos y todos los animales es aquí donde tienen que estar, nadando libres, jugando, disfrutando, libres y salvajes, claro.

Con todo el subidón ni nos habíamos enterado que el día se había despejado bastante, solo cubrían el cielo unas nubes altas que servían para no notar toda la furia del sol caer sobre tus hombros aunque lo hiciera, o lo que es lo mismo, servía para volver a achicharrar mi ya malograda piel.

Después de el momento calderón y del momento delfín, tocaba ya poner rumbo a la siguiente parada del día, ya con una cervecita en la mano, que no era otra que los espectaculares acantilados de Los Gigantes, en el extremo sur de la isla.

Este trayecto sirve para darse cuenta de cómo se les ha ido la mano en algunos puntos con la construcción de hoteles, apartamentos y demás. Supongo que fue la fiebre de los 80 y de los 90, o eso quiero pensar, y que hoy en día, el simple hecho de plantear algo así sería suficiente para echarte a los tiburones pero, la verdad, no me fio ya ni de mi sombra.

En verdad, nosotros, o al menos yo, ya tenía el chip totalmente cambiado, ya pensaba solo en ponerme debajo de esos monstruos de lava solidificada y mirar hacia arriba cuando aquí el amigo, nuestro capi, ha vuelto a decir, igual un poco más emocionado que en las anteriores ocasiones, que teníamos un rorcual norteño a estribor. Un qué? Pues un bicharraco de la ostia que, para que os hagáis una idea, puede llegar a medir ni más ni menos que 20 metros el animal. Ahí es nada.

Y esto sí que debería ser algo difícil de ver ya que hasta el mismo capitán ha salido, móvil en mano, para hacerle fotos a ese ejemplar que supera con creces todo lo que uno puede imaginar, pero como narices puede moverse algo tan grande por dios.

Además hemos empezado un bonito juego similar al escondite y es que aquí el amigo se tiraba como un minuto fuera del agua, lanzando agua por el espiráculo para que viéramos bien donde se encontraba y de repente desaparecía, durante un minuto, tal vez dos, hasta que volvía a aparecer en otro lado, riéndose de nosotros, todo motivados, ante semejante espectáculo.

Y así hemos estado un buen rato hasta que el amigo se ha cansado de tanto pesado y a decidió no volver a salir y es que, con la tontería, aquí si quiere se puede tirar más de 15 minutos debajo del agua así que nos podíamos morir esperando, vamos.

Pero que pasada, pensar que un bicho así, como ese, puede llegar a nadar a más de 50km/h y a medir hasta 20 metros. Una burrada, es por momentos así que me encanta viajar. Porque me doy cuenta que, en verdad, somos una puta mierda, y nos creemos los dioses del planeta pero si nos duele una muela ya no vamos a currar. Claro que si guapi.

Los Gigantes

Y ahora ya sí tocaba pasar página y maravillarnos con otra de las maravillas que la naturaleza te regala esta isla que nos es otra que Los Gigantes.

Estos son unos acantilados que se encuentran en el extremos sur de la Isla y que forman una muralla de más de dos quilómetros de ancho y llegan a medir hasta 600 metros de altura. Al ser de origen volcánico, el tono principalmente negrizo de la roca le da aún si cabe un aspecto más imponente y no es de extrañar que los guanches, los habitantes originarios de la isla, la llamaran la Muralla del diablo.

Nosotros, a bordo de nuestro catamarán, hemos ido recorriendo toda su base, contemplando el juego de colores que los distintos estratos han ido creando y con el cuello dando todo de sí para poder llegar a contemplar el final de la pared en algunos tramos.

Es más hacia el final cuando estas murallas son vencidas por algunos barrancos que van ganando altura hasta alcanzar la parte superior de la pared. Uno de estos barrancos, posiblemente el más conocido de todos, es el barranco de Masca. Cuenta la leyenda que antaño se utilizó como escondite para mis queridos piratas ya que desde el mar era completamente imposible divisar Masca pero en cambio sí que desde Masca se divisaba perfectamente el mar y esto permitía esconderse hasta el momento justo en el que descubrirse y atacar a los barcos que iban o venían desde América.

Hoy en día seguro que algún que otro pirata aún hay pero la mayoría de los habitantes que aún viven en el caserío que corona el barranco se dedican al turismo ya que, no en vano, este paraje se ha convertido en un atractivo visitado cada año por casi 500.000 turistas.

Una de excursiones que se pueden hacer es descender el barranco desde el caserío hasta la playa que hay justo enfrente de donde nos encontramos nosotros y después salir de allí en kayak hacia la localidad de Los Gigantes y es que cualquiera se mete luego el calentón para volver a subir hacia arriba de nuevo. Es un planazo que va directo a mi lista de cosas a hacer en el futuro y que algún día, estoy seguro, se cumplirá. Apuntado queda.

Pero por ahora volvamos al barquito, al Royal Delfín, con el ancla echada frente a la bahía de Masca y con la tripulación sirviendo la comida. No esperéis un gran manjar, se sirve zafarrancho, un poco de ensalada, arroz blanco y albóndigas de pollo pero ya sirven para su cometido, aquí nadie viene a degustar ninguna exquisitez.

Después de eso, llega la hora del baño y con ella el momento freak del día y es que desde lo alto del catamarán activan como una especie de cascada que cae hasta la parte posterior del barco y es allí donde uno se puede bañar. Muy friki, os lo juro, y no entiendo tampoco muy bien la finalidad, supongo que no será ninguna, pero oye, la gente encantada. Pero es curioso, muy curioso.

Yo normalmente no acostumbro a escaquearme en estas cosas pero es con el trancazo que llevo arrastrando desde hace días he decidido quedarme en la cubierta del barco, tomándome mis cervecitas y no meterme en más fregaos. Además no es que hiciera mal día, que va, pero sí que cuando soplaba un poco el aire te quedabas pajarito así que mejor me curo en salud. Pero la gente repito, regalada con su cascadita en medio del mar.

La verdad que igual al principio, cuando vas a contratar la excursión, te puede parecer que 4 horas y media son muchas pero os aseguro que, al menos en nuestro caso, no hay nada más lejos de la realidad. Y digo esto porque sin darnos cuenta, al parecer como ocurre todo en este barco, la tripulación ya estaba levando anclas y poniendo rumbo a Puerto Colon para poner el punto y final a nuestro día en mar hacia las 14:00 de la tarde.

Hay varias excursiones, más cortas, algunas te llevan solo a la ver a los delfines y te vuelven a puerto. Otras te llevan a Los Gigantes pero no paran ni para comer ni para bañarte (lo que significa que te quedas sin cascadita). No sé, echarle un ojo a las que hay y decidir pero al menos en nuestro caso, si tuviéramos que volver a realizar alguna excursión, sin duda volveríamos a elegir esta y es que es lo que os digo, se pasa volando y si además tienes suerte y se van sucediendo los acontecimientos unos con otros no te das ni cuenta que ya estás de nuevo en tierra firme habiendo vivido una experiencia que difícilmente olvidarás.

Y es que uno de los motivos por los que me gusta tanto viajar es poder ver con mis propios ojos estas imágenes de animales en libertad. Y a menudo nos pensamos, yo el primero, que para vivir una experiencia así se tiene que viajar hasta Burunga y buscar a los gorilas de montaña, o intentar encontrar al esquivo Tigre en alguna selva de la India o del Nepal, muchas veces menospreciamos lo que tenemos cerca y si no tiene un nombre difícil de pronunciar no le damos ningún tipo de importancia. Chicos, yo hoy he disfrutado como un niño viendo a esos seres nadar libres y salvajes delante de mí, ver como saltaban, como jugaban. Sin duda una experiencia recomendable al 100% y que en mi caso repetiré. Ni idea de cuándo ni dónde, pero repetiré.

Y si, aunque parezca mentira, solo son las 14:00 del mediodía…

Seguimos…libres…y salvajes…

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