Crónicas de Fez: Últimos pasos entre la cotidianidad del día a día

Nuestro avión de regreso a Barcelona salía hacia eso de las 18:00 de la tarde con lo que teníamos toda la mañana aún para dedicarle a la ciudad. Habíamos decidido quedarnos en la Medina, dejar la Nouvelle Ville para otra visita a la ciudad, y callejear sin rumbo fijo entre las murallas para ver un poco la vida cotidiana entre muros. Además, al ser martes, la estampa creíamos que sería distinta de la que nos llevamos el domingo así que no se hable más. Hoy, a medinear.

De todas formas, el día no empezó muy bien, ya que nuestra anfitriona, que tan maja y encantadora había sido hasta entonces, nos dio los buenos días diciéndonos que esa misma noche había muerto su padre y que lo sentía mucho pero hoy no podría estar por nosotros ya que hacían el velatorio en el edificio de al lado de Riad, donde vivía toda su familia. Eso, la verdad, siempre sabe mal, y corta un poco el rollo. La tía no lo estaría pasando nada bien y encima tenía que hospedar a dos guiris que, en ese momento, solo le sobrábamos, como es normal, por eso, una vez desayunados, y con la intención de molestar lo mínimo posible, rápidamente nos íbamos a nuestra labor del día: callejear.

Y es que otra cosa no, pero callejear, aquí es fácil, muy fácil. Solo tienes que dejarte llevar y en menos de 5 minutos ya estarás completamente perdido, de eso no tengas ni la menor duda. Eso te da a pié a descubrir lo que se cuece realmente en la Medina y es que, al final, tanto en Talaa Kebira como en Talaa Seghira, actualmente, están dedicadas principalmente a los turistas que visitan la ciudad y es cuando sales de sus áreas de influencia que te encuentras con la verdadera Medina, la del día a día, la de la vida real.

Algo parecido nos pasó el primer día cuando fuimos hacia Bab Guisa, en la colina de la ciudad pero hoy, la idea, era ir hacia el otro lado. Digo que era la idea porque, a decir verdad, llega un momento que no sabes si vas hacia arriba, hacia abajo, hacia un lado o hacia otro. Simplemente vas. Y aunque, no es por tirarme flores pero, mi sentido de la orientación está bastante desarrollado, llega un momento que si consigues llegar a los sitios a los que quieres ir es por pura flor en el culo y poco más.

Y ha sido de esta manera que hemos vuelto a caer a la Place as-Seffarine, donde ha vuelto a caer otro té y de aquí hemos vuelto a perdernos hasta llegar a una especie de canal, ni puta idea de que hacia allí. En verdad, ni puta idea de que hubiera algún canal que cruzara la ciudad, es algo que no nos esperábamos, pero estaba allí, os lo juro. Donde, pues repito, ni puta idea, no sabría volver allí ni aunque me fuera la vida en ello. Por si acaso hemos hecho una foto para que nos crean.

Uno sabe que se ha perdido cuando pasa cuatro veces por el mismo puesto de comida en menos de quince minutos. Cuando te pasa esto puedes hacer dos cosas. Una, preguntar y salir victorioso o dos, seguir perdido hasta encontrar la salida. El tema es que nosotros no teníamos ninguna salida ya que precisamente lo que queríamos era eso, perdernos y además, preguntar, es de cobardes, como utilizar autobuses para visitar una ciudad o salir de la ducha para mear, así que a lo nuestro, algo saldría a nuestro paso y por suerte, así ha sido.

Y es que sin quererlo, obviamente, nos hemos topado con la zona donde se vende toda la parafernalia para realizar una boda árabe. Y joder, no es poca. Desde los tronos donde se sientan los novios, las bandejas, parecidas a donde llevaban al Panoramix los galos donde espera la novia, enormes sofás estilo mezcla de Gipsy Kings y las Kardashian, autenticas fuentes de ostentación, todos construidos a mano, uno por uno, únicos, por supuesto y seguros que baratos, pocos.

Esto es una cosa que siempre me ha fascinado, lo que puede suponer una boda para unos y para otros. Sin duda, la relatividad es algo presente en todo.

Después de cruzar embobados por esta parte del zoco hemos salido, como por arte de magia, de nuevo a un lado de la universidad, es decir, nos hemos despedido, ya sabíamos dónde estábamos y ya podíamos volver y para celebrarlo, otro té, como no podía ser de otra manera.

Ahora era el momento de realizar algunas compras, pocas, que el presupuesto lo llevábamos ya muy ajustado y despedirnos, ahora si, de esta ciudad. Imperial con todas y cada una de sus letras, ideal para perderse unos días, y me refiero, obviamente, a perderse en el sentido literal de la palabra. Una ciudad que no tiene nada de oscura, ni peligrosa ni nada de eso que se escucha a veces de Fez. Una ciudad que, como todas las ciudades de Marruecos, te puede gustar o no, eso ya va al gusto del consumidor, lo aceptamos, pero en la que si te dejas llevar y dejas los clichés en casa no te va a dejar indiferente. Una ciudad, también, llena de historia y sobretodo, orgullosa de ella. Una ciudad, en definitiva, que está a la altura que tiene que estar.

Ya había terminado, como siempre, sin darnos cuenta, esta escapada. Encantado de volver a viajar con Germán, sobran las palabras. Han sido cuatro días de risas, de cachondeos, de interesantes charlas y también, cómo no, de charlas absurdas. Pendiente quedan otros viajes, que ya llegarán, de eso no hay duda, ahora lo que toca es poner rumbo al aeropuerto y pensar que los siguientes que vendrán sin él que no son pocos y también en inmejorable compañía.

Una cosa a tener en cuenta, eso sí, es que en el aeropuerto de Fez, no vale eso de llegar con una horita de antelación y gracias, de eso nada, aunque no facturéis pensar que igualmente se ha de pasar por el mostrador correspondiente, y estamos hablando, muchas veces, de un solo mostrador para varios vuelos con las largas y desordenadas colas correspondientes.

Nosotros nos hemos despedido de nuestros anfitriones por estos días tres horas antes de que saliera nuestro vuelo, después de acercarnos a un locutorio que hay justo al lado de la entrada de la Medina a imprimir nuestras tarjetas de embarque y porque hemos tenido la suerte de que justo en el momento que se ha abierto el mostrador nos ha encontrado a un par de metros de él porque en cuestión de segundos la cola se ha hecho kilométrica. Además las medidas de seguridad también poco que ver tienen con las del aeropuerto de Barcelona y ente que pasas el control de pasaporte y el control de seguridad otro buen rato te echas así que no escatiméis tiempo, ir sobrados y os ahorrareis una buena cola. Porque eso es algo que no soporto, las jodidas colas de los aeropuertos y, además, sin son para volver a casa, entonces ya no hay quien las trague.

Y ahora ya sí que si, puntual, nuestro vuelo de Ryaniar encaraba la pista de despegue del aeropuerto de Fez Sais para dejarnos, después de, como no, un movidito vuelo, en Barcelona – El Prat para mañana continuar con nuestras vidas como si nada hubiera pasado.

Pero por suerte eso es solo lo que parece, que no ha pasado nada…

Pero, como cada viaje que haces, si que ha pasado, si…

Seguimos!

 

 

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