Crónicas de Fez: Meknés, donde menos es más

Para envidia de la gran mayoría de los mortales, poco antes de las 14:00 llegábamos a la famosa Place el-Hedim, el centro neurálgico de la ciudad antigua de Meknés, a bordo de nuestro Mercedes Leopardo del 79, con la Medina a un lado y la Ciudad Imperial al otro.

La idea era que nos abrieran la gran puerta de Bab el-Mansour pero ves, aquí debe haber fallado un poco la comunicación con lo que, al final, nos ha tenido que dejar en la parada de taxis que hay en frente, con un hambre de mil demonios que se mezclaba con esa emoción que se tiene cuando se pisa por primera vez un lugar del que llevas mucho tiempo sabiendo de él.

El día iba de puta madre después de visitar Volúbilis y teniendo aún un buen puñado de horas por delante para visitar Meknés, una ciudad a la que hacía años que le tenía ganas y por la que he pasado en varias ocasiones por delante pero al final, por una razón o por otra, nunca he llegado a entrar.

Y allí nos tenías a los dos, en medio de la inmensa Place el-Hedim, sin saber muy bien si ir hacia un sitio o hacia otro hasta que al final el hambre ha podido más que todas las cosas y hacia ninguno de los dos. Primero de todo, a comer.

Y es que así también ordenábamos un poco que es lo que queríamos hacer porque estábamos, como hemos dicho antes, a las puertas de la Medina de Meknés por el norte y a las puertas de la impresionante Ciudad Imperial por el sur y todo el mundo sabe que con un Tayine encima de la mesa se piensa todo mejor.

Meknés es una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos, junto con Rabat, Marrakech y Fez. De todas ellas, dicen que es la más modesta y tranquila y la verdad, juntar la palabra Medina y tranquila en la misma frase era algo que quería ver yo si no era demasiado atrevido hacer.

El esplendor de la ciudad se debe principalmente a Mulay Ismail, quien izo de la ciudad su capital y reinó desde allí durante 55 años manteniendo a raya a todo cristo principalmente gracias a su guardia negra, una guardia de elite cuya continuidad garantizó el sultán trayendo a 16.000 esclavos del África subsahariana y dándoles a estos mujeres con las que procrear. Supongo que ya os imaginareis que su finalidad no era que formaran una familia y crecieran felices, de eso nada, el único objetivo de esta jugada era quitarles a los hijos recién nacidos y adiestrarlos desde pequeños en el combate. Y no le salió mal al amigo, que va. Cuando murió el número de hombres que formaban la Guardia Negra se había multiplicado por diez. No es de extrañar que nadie le tosiera aunque también se ha de decir que fue morir e irse todo al garete ya que su sucesor se traslado a Marrakech, pero vamos, que le quiten lo bailado a Meknés, que no es poco.

Pero al lío, que nos hemos quedado comiendo un Tayine en una terraza de la Place el-Hedim, recordándome enormemente a Djema el-Fna de Marrakech, donde tantas y tantas tardes me he pasado simplemente viendo la vida pasar.

La idea, y es que ahora sí que teníamos una, era empezar por la Medina, perdernos por la “tranquilidad” de sus mercados y luego, cuando consiguiéramos salir de ella, dirigirnos hacia la Ciudad Imperial donde encontramos, entre otros atractivos, el mausoleo de Mulay Ismil, el amigo del que os he hablado hace unas líneas.

Y he de decir que la verdad es que si se respira más tranquilidad que en cualquier otra Medina de Marruecos en las que he estado pero no te jode, porque estaba todo cerrado! Y es que entre una cosa y otra hemos entrado a la Medina hacia las 14:30 y claro, la gran mayoría de tiendas no estaban abiertas y así cualquiera. Yo también he paseado a las 6 de la mañana por el zoco de Marrakech y no he visto ni un alma así que no me sirve, tendremos que volver más tarde para seguir con nuestro estudio.

La Ciudad Imperial

De momento vayámonos a la Ciudad Imperial y si hablamos de la Ciudad Imperial tenemos que hablar de la puerta de esta, Bab el-Mansour, seguramente el icono de la ciudad, y con razón.

De todas las que he visto en las ya bastantes ciudades marroquís que he pisado esta es, sin duda, la más espectacular. Construida en una azulejo verdoso que resalta con el color ocre de la muralla que la enmarca y en un estado de conservación nada desdeñable, no es difícil imaginarse a Mulay Ismail entrando por ella en la época dorada de Meknés. Bueno, de acuerdo, fácil tampoco es pero ya sabemos que imaginación a mi me sobra un rato.

A pesar de todo, la puerta se abre, hoy en día, en contadas ocasiones y hoy, con nuetsra llegada, por lo visto, no era una de ellas con lo que nos hemos tenido que conformar en entrar a la ciudad Imperial por una pequeña puerta que da acceso a ella desde un lateral de la puerta.

Y nada más entrar, premio. Y es que la plaza Lalla Aouda, el equivalente de la Place el-Hedim pero de la ciudad imperial está en obras. Y no solo en obras, sino que totalmente vallada. Que no se ve una mierda, vamos. Pues nada, a seguir.

Uno de los principales puntos de interés de la ciudad imperial es, sin duda, el Mausoleo de Mulay Ismail, situado a pocos metros de la entrada de esta y en donde, según dicen, podemos encontrar un ”lujoso salón que contrasta con los austeros patios y que alberga la mejor artesanía de todo Marruecos”. Copio literalmente lo que pone en la guía porque a que no sabéis que? Si! También estaba en obras!! Dos premios seguidos pero que flor en el culo tenemos!

Pues si, y es que, al final, como en todo el mundo, en temporada baja es cuando aprovechan para hacer obras y restaurar los monumentos más visitados de cada lugar y aunque, lo reconozco, da por culo un montón, es el precio que se ha de pagar para luego poder ver los sitios tal y como los vemos. Es lo que hay y punto.

Toca seguir, esperando solo que lo frasecita de no hay dos sin tres aquí no haya llegado aún y es que teníamos especial interés por nuestra siguiente parada, la Koubbat as-Sufara, que encontramos justo en frente del arco que da acceso al mausoleo de Mulay Ismail. A simple vista lo que ves es un pequeño edificio al final de una gran plaza. La entrada a este cuesta 10MAD y la verdad, no tiene nada del otro mundo, es donde, en su día, se hacía la recepción de los embajadores extranjeros pero lo que realmente llama la atención son los respiraderos que hay repartidos por toda la plaza quieren decir una cosa, hay algo debajo de nuestros pies. Y es que justo detrás de este soso edificio, encontramos una oscura escalera que nos baja a un vasto deposito, tétrico, prácticamente sin iluminación, húmedo, muy húmedo, y que en su día albergaba para unos la comida de la ciudad y para otros era el calabozo para los esclavos cristianos utilizados como mano de obra para la ciudad. Sea para lo que sea que se utilizara, hoy en día s un curioso lugar, grande, muy grande, que, además de para resguardarte un poco del calor que hace fuera, sirve también para ver algo distinto en la ciudad, lejos de la ostentosidad o del detallismo de mezquitas y Madrazas. Eso sí, llevar el móvil con batería para utilizarlo de linterna porque no se ve un carajo.

Una de las cosas que más nos está gustando, tanto de Meknés como de Volúbilis esta mañana es que guiris como nosotros pocos, muy pocos. De vez en cuando te cruzas con algún francés pero nada que ver con Fez ni, por supuesto, con Marrakech. En ese aspecto si que Meknés se diferencia de las otras ciudades imperiales pero, la verdad, en cuanto a majestuosidad, nada que envidiar y posiblemente, por lo visto hasta ahora de momento, en cuanto a estado de conservación, me atrevería a decir que incluso pasa por encima de las demás. Todo esta limpio, y recién restaurado. Seguramente gracias a la aportación de algún organismo francés, como puede leerse en muchos cartelitos que hay repartidos por la ciudad.

Pero nosotros seguimos a lo nuestro y ya que la visita al mausoleo se nos había ido al garete y teníamos tiempo de sobras nos hemos decidido por pegarnos una buena pateado, salir un poco de la zona más turística, por llamarlo de alguna manera y acercarnos a otro peculiar lugar, Heri es-Souani, situado a algo más de dos quilómetros de donde nos encontramos, y que no eran otra cosa que los establos de Mula Ismail. Pegarse una pateada de esas para ir a ver una mierda de establos pensareis, normal, con razón, pero es que no estamos hablando de unos establitos como los del belén, que va, estamos hablando de unos establos que en su día albergaban a más de 12.000 caballos y coño, eso son muchos caballos y yo quería verlo.

La pateada resigue el lateral de la muralla de la ciudad imperial, durante un buen rato en línea recta, y solo te encuentras por el camino a soldados y a los niños de un colegio que debe haber por allí al lado. La verdad es que el camino es un poco mierda porque ni siquiera pasas por núcleos habitados donde poder distraerte pero al final, como todo, llegas a tu destino y ya te olvidas de todo.

10 Dirhams más de entrada y ya está de nuevo sumido en la oscuridad. Las primeras galerías se nota que han estado restauradas pero sirven para hacerte una idea de la inmensidad del lugar. No tengo ni la más remota idea de lo que deben ocupar 12.000 caballos, pero allí caben seguro, vamos. Y es que la parte cubierta es solo una pequeña parte de lo que eso era en realidad y no es hasta que sales al exterior y vas a parar a la zona donde el techo ya ha cedido que te das cuento de lo loco que estaba el tío ese, madre mía que cosa más exagerada. Vale la pena la pateada, si.

Y además, justo a la salida, te encuentras con otra sorpresa como es la cuenca de Agdal, un enorme lago rodeado de cuidados paseos llenos de locales tomando el aire y que lo hizo, como no, el amigo, mediante un complejo sistema de canales de más de 25 quilómetros de longitud. Y todo esto con el fin de regar sus jardincitos, eso es actitud.

La verdad es que hoy en día el sitio está genial, y me imagino lo refrescante que debe ser esta estampa en un día del caluroso verano marroquí.

Nosotros, ya con la ciudad imperial a nuestras espaldas, decidimos que ya es hora de volver a la Medina y darle esa segunda oportunidad para ver si realmente se respira tanta tranquilidad como dicen no sin antes, como debe de ser, pararnos de nuevo en la gran plaza para tomarnos otro té viendo la vida pasar, lo que se hace en todas y cada una de las plazas de este gran país al que cada vez que vengo me gusta más.

La Medina de Meknés

Y si lo que te gustan son los olores fuertes lo que te recomiendo es que empieces tu paseo por la Medina en el mercado de alimentos que hay justo a un lado de la Place el-Hedim y, a ser posible, cuando el sol ya ha calentado lo suficiente el recinto para que el olor que salga de él sea realmente espantoso, a perro muerto vamos, y no es que la carne que allá allí tenga mala pinta, eh, que va, yo en verdad me la comía sin problema, pero el pestazo que hecha es tan fuerte que incluso cuesta respirar hondo, así que visita rápida y larga de allí vamos.

Ahora sí, la vida en la Medina estaba en su punto álgido, un continuo no para de gente arriba y abajo, gritando, cargando bultos, enseñándose entre ellos mercadería, no había nada de tranquila en esa estampa, era una medina más en una ciudad de Marruecos, o quizás no?

Sí que es cierto que algo cambiaba si la comparábamos con la Medina de Fez o con la de Marrakech y, la verdad, no hace falta andar mucho para darte cuenta de lo que se trata. Como he dicho, de tranquila nada, el ritmo es frenético pero aquí, uno, prácticamente no existe. La gente hace sus compras, primero la zona de las imitaciones, muchas imitaciones, para luego poder vestir a la último con un postureo que llevan encima a lo Cristiano Ronaldo que, en la mayoría de las veces, sobrepasa con creces los límites del ridículo, que si ahora la zona la zona de joyería, ahora las telas, ahora artículos de parafarmacia, como en todos los zocos, diferenciados por zonas pero en la gran mayoría de ellas, nosotros, los guiris, no tenemos nada que rascar. No abundan los puestos de souvenirs, aunque los hay, y puedes andar relativamente tranquilo entre las laberínticas callejuelas sin tener que ir dando excusas para no comprar cada dos metros, eres uno más allí dentro o, mejor dicho, pasan de tu cara. Y eso es lo que, para nosotros, hace tranquila la medina de Meknés, aunque igual esa no sería la palabra que yo usaría, más que tranquila, que en verdad, no lo es, la palabra sería autentica, o no, tampoco autentica, la palabra igual sería real, sí, eso sí, igual no es la medina más tranquila, tampoco es la más espectacular, pero si la más real. Digo yo, vamos.

No faltan, eso sí, sus madrazas para visitar, como la Bou Inania (si, si, se llama igual que la que visitamos ayer en Fez) o sus inesperadas mezquitas al girar cualquier calle. No faltan los cantos a la oración, los gatos, por supuesto, ni los ancianos postrados que sonríen al verte pasar, no falta, por supuesto, ese aroma a especies que lo inunda todo, y a madera recién cortado, exacto, ese olor es el que no sabía encontrar. La Medina de Meknés es, en definitiva, un laberinto de vida, real, de vida real. Y eso nos gusta aunque no quede tan bien en las fotos, la verdad.

Con todo ello, ni idea del tiempo que pasamos deambulando por allí pero lo que si era claro era que ya era hora de partir. Teníamos que pillar un tren de vuelta pero para eso teníamos que llegar primera a la estación y, la verdad, no teníamos ni idea de donde estaba esta.

Lo mejor, desde la Pace el-Hedim, es pillar un Petit Taxi para que te acerque aunque eso, sencillo a simple vista, puede resultar una ardua tarea si intentas tener un mínimo de educación. Aquí el que no corre vuela, y si esperas a que se para un taxi delante de ti y te pregunte muy educadamente donde quieres que te deje, cuando te des cuenta se te habrán subido al coche ochenta y cuatro personas y tu habrás perdido el tren, aunque, eso sí, no la educación. Así que la táctica esta clara, a la que se acerque uno, corriendo hacia él. Al final aprendimos rápido y solo se nos coló una tía que, al final, compartió taxi con nosotros hasta la estación, aunque, si os digo la verdad, no sé muy bien porque, pero vaya pico tenia, no callaba la tía, como si entendiéramos algo.

Con todo, además, llegamos a la estación pocos minutos después de que pasara nuestro tren destino Fez con lo que tuvimos que esperar más de una hora al siguiente, pero oye, sin prisa amigo, un té por aquí y otro por allá y nuestro día que llegaba a su fin con el tren atravesando la negra noche rota por las luces de los suburbios de la ciudad. Para terminar ya solo faltaba el típico taxista que se quiere pasar de listo siempre que ve a un guiri salir de una estación y una última visita a nuestra azotea para dar cuenta de otro sabroso tayine observando, desde las alturas, como transcurre la noche en la ciudad.

Un día, sin duda, que ha dado mucho de sí, justo lo que queríamos al abandonar esta mañana nuestro Riad, y es que siempre, las cosas, salen bien. Diferente a lo imaginado, pero bien.

Seguimos!

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