Crónicas de Fez: Medineando por la ciudad amurallada más grande del mundo

Con algo parecido a mi nombre escrito en una hoja mal arrancada de una libreta nos recibían en las afueras del pequeño aeropuerto de Fez para dar el pistoletazo de salida a nuestro viajecito por una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos. Atrás quedaban hora y media de culo apretado en un vuelo mucho más movido de lo que hubiera deseado, otro sello más de Marruecos en mi pasaporte y el cambio de 100€ a Dirhams para financiarnos el cous-cous de estos días. Por delante? Casi 100 horas para descubrir la ciudad amurallada más grande del mundo. Sin duda alentador para cualquier mortal.

Esos primeros momentos cada vez que pisas una nueva ciudad son adictivos y a la vez absurdos, creo yo. Con todos los sentidos analizando cualquier estimulo que reciben, como intentando descifrar los secretos de tu nuevo destino a través de unas calles de extrarradio que, al final, no dejan de ser eso, calles de extrarradio, prácticamente idénticas en cualquier lugar, y tu aún erre que erre, pensando que ya, a los pocos minutos de aterrizar, vas a descubrir alguna maravilla escondida entre edificios a medio terminar en polvorientas calles. Sea como sea, si algo tienen esos trayectos es que pasan volando y, en esta ocasión no iba a ser distinto y casi sin darnos cuenta, de repente, estábamos plantados delante de la puerta Bab Bou Jeloud, en la Medina de la ciudad, esperando que viniera a por nosotros alguien del Riad donde nos hospedábamos para llevarnos hasta él a través de la caótica ciudad antigua sin que se nos hiciera de día intentando encontrarlo.

Y es que cualquier Riad en Marruecos sorprende. Parece mentira cuando estas callejeando entre las estrechas callejuelas de la ciudad, con sus muros de cemento descorchado alzándose a banda y banda que detrás de esos grises muros que no dejan entrar el sol pueda haber esos exóticos palacios con sus fuentes y piscinas y aquí, en Fez, no iba a ser distinto, por supuesto.

La llegada a Les Idrissides y el posterior Check in fue como la seda y en un abrir y cerrar de ojos ya estábamos en nuestra habitación, la mochila tirada encima de la cama y la única idea en mente de salir cagando leches a cenar y empezar con esta historia lo antes posible.

Un fabuloso Tayine y un más que decente Couscous fueron nuestras primeras víctimas en una azotea delante de Bab Bou Jeloud que compartimos, como toda la ciudad, con algún que otro gato con la lección aprendida de dejarse caer por tus pies una vez ya sabe que no vas a seguir comiendo, si le cae algo, pues genial y si no, pues al menos lo ha intentado.

Con todo, después de nuestros primeros tés del viaje, entre el cansancio de este y la emoción, pero, sobre todo, con las ganas de que empiece la acción cuanto antes, nos retiramos a nuestros aposentos pensando ya en cuando salga el sol, en que nos deparará el día de mañana, imaginándonos lo que encontraremos cuando podamos dejar de usar la imaginación, esperando lo que realmente buscamos al viajar, el poder vivir un día nuevo de verdad.

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El orden normal de cosas que hacer al despertarse sería algo así como ir al baño a lavarse la cara, lavarse los dientes, mear y/o cagar, igual hasta una duchita, quitarse el pijama, buscar ropa limpia y por ultimo ponérsela. Si se tiene el pelo largo también entraría aquí el rollo de peinarse y todo eso, y luego, una vez listos, ya salir de la habitación.

A ver, puedes hacerlo, o no, tampoco estas obligado, siempre se puede hacer como yo, que lo primero que he hecho nada más abrir un ojo es salir al salón que hay fuera del cuarto convertido en leonera donde hemos dormido Germán y yo, como si estuviera por mi casa, sin saber muy bien el porqué y joderles el desayuno a una pareja de franceses que había desayunando en él y que no sabían que decir cuando han visto a semejante troglodita salir por la puerta con un ojo aún cerrado, las sabanas marcadas en la cara y sin la voz aún afinada para poder articular palabra. Cosas de la emoción del primer día supongo, que se le va a hacer.

Una vez ya presentados y pasado el miedo inicial, la idea era clara, desayunar y largarse lo antes posibles de allí, tanto ellos como yo, aunque me da a mí que por motivos bien distintos, pero a lo que íbamos: a desayunar se a dicho!

Y es que creo que la calidad de los Riad se mide por su desayuno y aunque, se ha de decir la verdad, este no estaba nada mal, en mi mente tengo la imagen de los desayunos infinitos que nos zampamos en Le Secret de Zoraida siempre que vamos a Marrakech y con eso la verdad es que no se puede competir ya que todo me parece poco, pero que va, siendo honestos, desayuno más que correcto, con su miel, sus mermeladas, pan, zumo de naranja, café con leche, su te a la menta, su algo que nunca sabes lo que es, su todo lo necesario para salir con las pilas cargadas, vamos.

Fez se anda, no hay otra y con esa idea en mente que nos hemos dirigido hasta la puerta Bab Bou Jeloud, para empezar desde allí el que sería nuestro recorrido por la laberíntica Medina de Fez, e intentar, solo intentar, no perdernos demasiado.

Desde Bou Jeloud salen dos calles principales que se adentran en la Medina, Talaa Kebira y Talaa Seghira. Nosotros hemos tirado por la primera, en cuyos primeros metros nos encontramos con todo de carnicerías de todos los animales comestibles por haber, menos de cerdo, claro está, he incluso de camello, con alguna que otra cabeza colgada para que no haya lugar a dudas de donde sale esa carne.

Poco después, aligerando el paso por culpa del olor, nos encontramos con nuestra primera parada del día, la madraza Bou Inania, que se puede visitar por 20 MAD, y en donde, a parte de la madraza en sí, que bien vale una visita aunque si has estado en Ben Yusuf de Marrakech te sabrá a poco, podemos ver también la increíble sala de oración que hay dentro de ella. Solo ver, que no entrar, ya que los no musulmanes tenemos la entrada prohibida pero eso no quita que no podamos verla desde el precioso patio de la madraza con sus azulejos verdes y su suelo alfombrado.

Seguimos por Talaa Kebira, dejando todo de antiguos funduqs (antiguos caravasares) a mano izquierda, que antiguamente servían de cobijo a mercaderes y sus caravanas de camellos y vamos pasando gremio tras gremio, que si ahora los vendedores de zapatos, ahora los de cueros, ahora babuchas, aunque parezca un chiste, todo en la medina sigue un orden. Se va viendo a medida que avanzas por ella, eso sí, ni se te ocurra pensar que vas a salir ileso de ella. Te perderás fijo.

Otra cosa de la que me doy cuenta rápido es que, aunque sí que hay gente que te busca y te llama para que entres a sus tiendas a comprar algo, lo que sea, ni mucho menos es tan insistente como en Marrakech, aquí como que la gente va más a su aire, y esto la verdad es que se agradece. Obviamente también existen los espíritus del Hachís, que se plantan en tu lado susurrándote de forma ininterrumpida la palabra porros una y otra vez para ver si así entran en tu mente y les acabas comprando una buena postura por la que te sablearán y te cobrarán 10 veces más de lo que te cobrarían en Chefchauen, pocos quilómetros al norte de aquí, pero incluso estos también son menos pesados que en Marrakech y al cuarto o quinto no ya se van a por otra persona.

Con estas que, después de un par de indecisiones, llegamos a la Place an-Nejjarine, una de las más bonitas de la Medina, con un enorme caravasar que la preside, hoy en día restaurado y que alberga el Museo Nejjarine de arte y artesanía de la madera. Hemos aprovechado para pararnos a por nuestra dosis de teína mientras veíamos los grupos de turistas desfilar uno tras otro, primero uno de japoneses, luego otro turco, luego uno de finlandeses, así como todos sincronizados, no en vano en la plaza no cabe más de un grupo al mismo tiempo así que para mí que lo tenían todo cuadrado, demasiada casualidad que cuando se largaba uno después de la explicación de rigor, a los pocos segundos aparecía el otro. Lo que os he dicho, todo tiene un orden dentro de este caos. Y esto me encanta.

Sin saber muy bien porque, hemos entrado al museo este de la plaza, total eran solo 20 MAD, dos euros, y la verdad es que es curioso, tienes desde puertas y ventanas a instrumentos musicales y armas, todo hecho de madera, y vas subiendo por las distintas plantas del funduq hasta llegar a la terraza desde donde puedes ya intuir los curtidores del cuero, a pocos metros de donde estamos aunque imposibles de divisar debido a la laberíntica estructura de la Medina.

Para llegar a ellos puedes hacer dos cosas, una es seguir los cartelitos que hay por toda la plaza o dos, seguir el pestazo a perro muerto que echan.

Elijas la que elijas llegarás a ellos, os lo aseguro, aunque lo más difícil no es eso, sino poder verlos sin tener que comprarte unas babuchas, un monedero o una cazadora de piel. Os explico por qué.

Las mejores vistas de las curtidurías se tienen desde las azoteas de los edificios que hay alrededor. Obvio. Y, casualmente, todos los edificios que hay alrededor se han convertido en tiendas de artículos de cuero por las que, si quieres llegar a sus azoteas, si o si, tienes que pasar. Y estamos hablando de tres pisos, uno tras otro llenos de cuero y vendedores curtidos en mil batallas para los que tú eres un simple aperitivo antes de comer. Si quisieran te venderían tu propia piel y tu les estarías eternamente agradecido. Pero tenemos la solución aunque también os digo una cosa: hoy a funcionado, mañana, ya veremos.

El truco está en los japoneses, bueno, en los grupo de japoneses para ser más exactos y es que si tienes la suerte de coincidir con uno de ellos ya tienes medio trabajo listo. La clave es esperar a que ellos entren en la tienda en cuestión y justo en el momento en que empiezan a desperdigarse por ella entrar tu y cruzarla directamente hacia las escaleras. Pensar que los japonenses tienen un poder adquisitivo mucho más elevado que nosotros con lo que si tienes la poca fortuna de que algún vendedor te vea lo más probable es que pase de tu cara para irse a por un japonés. Otro tema a tener en cuenta es que los japoneses, por norma general, son más bajitos que nosotros así que no estará de más doblar un poco las rodillas para no dar mucho la nota entre ellos.

Y Bingo! Ya estamos en las azoteas y….Joder! Pero que pestazo que pega aquí!! Dios que asco! No hemos de olvidar que algunos de los principales componentes que se utilizan para procesar las pieles son las cacas de paloma y los meados de vaca con ceniza así que podéis haceros una idea de la que canta eso.

Las curtidurías de piel de Marruecos, y concretamente las de Fez, se remontan a miles de años atrás y las técnicas que utilizan poco han cambiado desde la época medieval. Por ese motivo ser curtidor de pieles aquí en Marruecos es un oficio que se pasa de generación en generación y que no es conocido por sus excepcionales condiciones laborales que digamos ya que todo el día metido en esos pozos con el agua, llena de productos químicos, hasta las rodillas hace que las complicaciones para este gente estén a la orden del día, la verdad.

Sea como sea, si se viene hasta aquí se tiene que ver, y oler. De eso no hay duda.

Para salir del edificio lo más importante es la decisión, no parar, ni siquiera mirar atrás, mientras te van invitando a que le eches un ojo a esas babuchas tan molonas o ese Puff que quedaría de puta madre en tu salón. Tu a lo tuyo, sin distracciones, no les mires a los ojos o estarás perdido, siempre al frente, hasta que veas la luz. Una vez ya fuera del edificio estás a salvo, ya puedes decir que eres de ese reducido grupo de persona que vio las curtidurías y no acabó con una lámpara de piel de cabra en su mesilla de noche. Bravo por ti.

Desde aquí ya puedes decir que estás en el corazón de la Medina, y esto ya sí que no hay quien lo controle, es un no parar de gente, mulas arriba mulas abajo, cantos a la oración, olores y un sinfín de estímulos que te llegan en avalancha que incluso te pueden sobrepasar. En mi caso, en estas ocasiones me empano. No me preguntéis el porqué, pero me empano. Puedo estar en medio del puto caos, con todo de gente chillando a mi alrededor o sacándose los ojos que, me da lo mismo, me empano y me quedo en mi mundo, a mi bola, y voy haciendo.

De esta guisa que nos hemos plantado ya en la universidad, justo al lado de la cual encontramos otra madraza, en este caso la madraza el-Attarine, muy similar a la de Bou Inania pero en pequeño y a la que, sinceramente, si habéis entrado a la primera os podéis ahorrar.

Por lo que respecta a la universidad, llamada Kairaouine, está considerada la más antigua del mundo, ya que fue fundado en el 859, y se dice que es el centro espiritual de Marruecos. Sabes que has llegado a ella porque de repente las tiendas desaparecen para dar paso a enormes muros que, de vez en cuando, se ven interrumpidos por puertas que dan a un interior de patios y mezquitas con columnatas inacabables que puedes ver a lo lejos ya que, aquí también, los no musulmanes tienen prohibida la entrada. Nos tocará creernos que es tan bonita como dicen, lo que si sabemos del cierto es que grande de cojones es, no en vano se dice que puede albergar a 20.000 creyentes rezando a la vez y yo doy fe de eso ya que al rodearla parece no tener fin.

Pero en verdad ni tan mal porque al hacerlo hemos ido a parar a la preciosa Place as-Seffarine, donde tomarte un té la mar de a gusto (cuarto del día) mientras los trabajadores del latón estaban ahí dale que te pego con el retumbar de sus martillos en las planchas de metal. De aquí la expresión dar la lata, estoy seguro.

Con todo esto ya nos habíamos zampado gran parte de la Medina y, con el calorcito tan bueno que caía hemos querido salir un poco de sus encajonadas calles a buscar sol y para eso nos hemos dirigido hacia el norte de la antigua ciudad, enclavada en la ladera de una montaña, con la intención de subir hasta lo alto de la colina y disfrutar un poco de las vistas de la medina desde las alturas. Y la verdad que hemos ido un poco a ciegas, pillando la primera callejuela que nos ha parecido la correcta por pura intuición más que orientación y Premio! Un buen calentón cuesta arriba después, eso si que no nos lo quita nadie, nos hemos encontrado de morros con las murallas de la Medina en Bab Guisa, justo debajo de las tumbas benimerines y con la Medina ya a nuestros pies. Mejor imposible, la verdad. Además el camino hasta aquí también sirve para ver un poco la otra medina, la medina en la que no hay turistas, la medina de la gente de Fez y eso es algo a tener en cuenta.

Desde Bab Guisa, donde por cierto, se hacía como una especie de mercado de animales vivos, sobretodo pajaritos, un caminito que cruzaba el cementerio nos ha llevado hasta la carretera que rodea toda la Medina por el norte y desde allí, haciendo un poco el cabra, todo se ha de decir, hemos conseguido subir hasta arriba de la colina, justo a la entrada del camino que te lleva hasta las tumbas benimerines, a las que, no me preguntéis muy bien el porqué, no hemos ido. Si si, os diréis que se ha de ser idiota llegar hasta allí arriba con el calentón que eso supone y no llegar hasta las tumbas que tienen la mejor vista de la ciudad. Lo sabemos. Será que somos idiotas, no sé, pero mira, se nos ha ido, la verdad.

En lugar de eso hemos ido hacia el Borj Nord, una fortaleza construida hace siglos por el sultán para mantener a raya a su ciudad y que, un pequeño detalle, estaba cerrada. Así que al final si, alguna que otro foto guapa y unas vistas de escándalo, vale, pero de lo que queríamos venir a hacer aquí arriba de la colina nada de nada. Al menos a servido para que, a la bajada, después de coger un caminito/vertedero que nos ha vuelto a dejar en la carretera que rodea la ciudad, hayamos visto que, justo en frente de la estación de autobuses es de donde salen los Grands Taxis y esto nos ha dado una muy buena idea para mañana así que mejor pensar que todo el calentón que nos hemos marcado bajo el sol ha servido, o mejor dicho, servirá, para algo. Si quien no se consuela es porque no quiere, habéis visto?

Ahora solo quedaba volver a entrar a la ciudad por la misma puerta que lo hicimos anoche y de la que hemos salido esta mañana la Bab Bou Jeloud y comer algo en el primer garito que hemos encontrado, nada más entrar a la Medina a mano derecha, con una terraza super mona, con decoración típica marroquí, comida típica marroquí y música típica marro, ah no, la música no: sonaban Los Chichos. Así es y (no) son ilusiones, que más me da, (no) son iluisones, y así nací, (no) son ilusiones. Cagate, comiendo en la medina de Fez escuchando a Los Chichos, que más se puede pedir.

Comprenderéis que después de eso ya poco más podía depararnos el día de hoy, cualquier cosa que pasara sería insignificante y la recordaríamos como aquella cosa que pasó después de comer en la medina escuchando los Chichos con lo que, muy inteligentemente, después de un paseo por Talaa Seghira, nos hemos retirado a nuestro Riad a descansar un poco y perrear en la terraza de la azotea que, por cierto, es otra de las cosas que adoro de Marruecos, la vida en las azoteas, en los tejados, como vidas clandestinas totalmente ajenas a lo que pasa bajo tus pies, en el mundo real. Todo es posible en las azoteas. Quiero vivir en las azoteas. Y tanto que sí.

Al final, con la tontería, y después de nuestro, no sé, sexto o séptimo té del día, ya con la noche cayendo sobre la ciudad, nos hemos ido a un café del lado del Riad, el Café Clock, donde tocaban unos locos que parecían poseídos pero que oye, se lo pasaban divinamente, la verdad y eso ya me sirve. Unas risas, una hamburguesa de camello para un servidor, y va, de vuelta a nuestras azoteas desde donde escribo estas páginas antes de ponerle el cierre a este día, intenso, como todo en Marruecos y con ganas ya de que la noche dure lo menos posible que mañana, la verdad, promete también.

Pero eso ya será otra historia, os toca esperar.

 

 

 

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