Crónicas de Basilea: Orden y desorden a la orilla del Rin

A un buffet se tiene que entrar con la actitud de un oso poco antes de empezar a hibernar, la mente en blanco, la mirada perdida y un único objetivo: acumular todas las calorías que el cuerpo pueda asumir, seguro de que el invierno puede ser muy largo y te va la piel en ello.

Y fue precisamente con esa actitud con la que bajamos del ascensor y, como si no hubiera un mañana, empezamos a devorar nuestro desayuno, plato tras plato, hasta considerar amortizados los 30 euros que este nos costó.

La verdad es que no nos podemos quejar, de todo y bueno, y si a eso le sumas el gran número de viajes que llegamos a dar podemos incluso decir que es un precio justo para un desayuno.

Y ahora sí, con nuestros niveles de azúcar y de cafeína en sangre por las nubes, antes de las 12 de la mañana ya estábamos haciendo el check-out de nuestra habitación y, después de dejar la mochila en el hotel para que nos la guardaran, pisando las calles de Basilea para empezar nuestro segundo, y ultimo, día en esta ciudad.

Ruta Hans Holbein

Hoy la idea era alejarnos un poco de la zona de la Markplatz, que ya habíamos pateado ayer de cabo a rabo, y visitar el barrio de St. Alban, que se extiende desde la Münsterplatz, siguiendo la orilla del Rin, hacia el este, pero antes de todo teníamos un encuentro pendiente desde ayer: teníamos una cita con su famosa catedral.

Esta está considerada, junto con el ayuntamiento, el símbolo de la ciudad (también su fachada tiene un color rojizo característico, aunque en este caso es por la arenisca utilizada para su construcción) y dentro encontramos la tumba de, entre otros, Erasmo de Rotterdam. O eso dicen ya que la verdad es que nosotros no la vimos por ningún lado y no será por no buscar. Pero bueno, sin más, la verdad es que lo que más me llamó la atención no fue la catedral en si sino el Pfalz, que era el lugar donde antes se celebraba el mercado y por donde podemos pasear con unas estupendas vistas del Rin. Y sin gente, claro, aunque esto, en Basilea, es lo normal.

Una vez ya visitada la catedral tocaba seguir coloreando la ciudad y ahora era el turno de la ruta verde, llamaba Hans Holbein, por el escritor, nacido aquí, por lo visto.

Esta ruta te lleva por el residencial barrio de St.Alban, muy tranquilo y en donde incluso se pueden ver los restos de las primeras murallas romanas de la ciudad entre las típicas callejuelas medievales hasta llegar al monasterio del mismo nombre y en donde toca desviarnos sino queremos darnos de morros con la St. Alban Tor, otra de las tres puertas de entrada de la ciudad que aún quedan en pié y que vemos al final de una cuesta muy poco alentadora y por la que, por supuesto, no subimos.

En vez de llevarnos ese calentón para casa nos dirigimos de nuevo hacia el Rin, a la altura del Museo del Papel, del que en verdad hemos leído muy buenas referencias pero al que, sin saber muy bien porque, no entramos. De todas formas, aunque hagáis como nosotros y no acabéis entrando en él, vale la pena llegarse hasta aquí ara ver el molino de agua que hay en la entrada, aún en funcionamiento, justo en el punto en que las murallas de la ciudad nos indican hasta donde llegaba Basilea en sus orígenes.

Y aquí toca cambiar de orilla y lo hace de la forma más original posible y que no podéis dejar de utilizar si venís a la ciudad: los Fährimaa. Estos son barcazas que cruzan el rió utilizando unos cables que lo atraviesan en cuatro puntos distintos. El sistema es muy sencillo: estas barcazas están unidas a estos cables mediante cuerdas con lo que lo único que han de hacer es poner el timón en una dirección o en otra y la misma fuerza de la corriente ya los mueve hacia un lado u otro. Muy astuto, ya veis, y la forma más antigua que se tiene de cruzar el río, incluso antes que estuvieran construidos los puentes que vemos hoy.

Para avisarlos que te vengan a buscar cuando están en la otra orilla tienes que tocar una campana que hay en el embarcadero aunque a nosotros nos coincidió que ya estaba en él nuestro ferry con lo que nos jodió el momento friki del día pero vamos, sin más, a pagar el euro sesenta que vale el viaje y a dejarte llevar por las corrientes del Rin.

He de reconocer que, a diferencia de ayer, el día era radiante y eso hacía que mucha gente (teniendo en cuenta que ayer estábamos en una ciudad donde parecía que hubiera ocurrido un apocalipsis) se acercara a las playas que hay en la orilla del rio para pasar la mañana, jugando con los niños, leyendo, tomando un vino, un pastelito, todo muy ordenado, eso sí. Nada de corros de gente berreando con las litronas acumulándose a su alrededor como nos habríamos encontrado en Barcelona un domingo cualquiera, por ejemplo. Que va, todo mucho más, no sé, suizo igual?

Nosotros aprovechamos el momento para hacer lo mismo y cargar un poco las pilas al sol antes de dejar por un rato la ruta y acercarnos hasta nuestra principal visita de hoy: el Mueso del científico loco Jean Tinguely.

Museo Jean Tinguely

Este tío, aunque vivió prácticamente toda su madurez en París, nació en Basilea y por eso tiene un museo dedicado a todas sus obras-figuras-locuras-maquinas-artilugios-onosecomollamarlas.

Hay un buen paseo hasta llegar a él (el autobús 31 también lo hace pero los autobuses son de cobardes, todos lo sabemos) y la entrada barata no es que sea (18€) pero bien vale la pena una visita.

Se hizo famoso por su arte cinético o también llamado máquina-escultura y lo basaba todo en el movimiento ya que todas sus obras son un entramado de resortes, poleas, cuerdas y demás que interactúan unas con otras para mover todo el conjunto y conseguir un resultado, como mínimo, curioso

En el museo encontramos todo de pulsadores rojos en el suelo que si les das (mucho cuidado con los niños, siempre se te adelantan y te joden el momento) activan esos mecanismos y te da para un rato de pájara mirándolos. Además estos activan desde instrumentos musicales hasta reproductores de video o simplemente dibujan garabatos en un papel. Una pequeña locura entre tanta seriedad la verdad es que no está nada mal así que ni lo penséis, visita obligada si vais a la ciudad.

Desde aquí nuestra ruta vuelve por la orilla del Rin de la Kleinbasel, la parte nueva de la ciudad y, con el día acompañando como lo hacía, la verdad es que nos lo tomamos con mucha calma. El sol como que da vida, mira que no tendría ningún problema en irme a vivir a cualquier otro lugar que no fuera mi Barcelona pero lo que sí que pediría es sol. Lo cura todo. Pero bueno, supongo que todo es acostumbrarse, no?

Imaginaros si nos tomamos con calma nuestro domingo al sol que cuando nos dimos cuenta de la hora eran ya casi las 15 de la tarde y nuestra idea de comernos una fondue de queso en alguno de los restaurantes que hay en la orilla del Rin se fue al garete en un abrir y cerrar de ojos. Si estábamos locos se preguntarían cuando entrabamos a pedir si la cocina estaba abierta. Que esto es Suiza pájaros! Si queréis comer como muy tarde entrar a la 13:30 sino lo tenéis difícil. Nuestro gozo en un pozo y además claro, donde podemos comer a estas horas?? Efectivamente: McDonalds. Igual he ido 5 veces en toda mi vida al McDonalds desde que tengo uso de razón y en las últimas 24 horas han sido dos de ellas. Pero bueno, es lo que hay, cambiamos la fondue por una McRaclette (no es broma, os lo juro) y a eso de las 16 ya estábamos de nuevo listos para pegarle el ultimo tiento a Basilea antes de tocar retirada y empezar a desfilar ya hacia el aeropuerto.

Ruta Paracelsus

La última ruta (señalizada en color gris) que nos quedaba de las 5 que recorren el casco antiguo lleva el nombre de un famoso medico de la ciudad que vivió en ella en el siglo XVI y lo que va haciendo es ir callejeando por las dos laderas del Birsig a través de estrechas callejuelas y algún que otro tramo escalonado para enlazar algunos de los rincones más pintorescos de Basilea.

Aquí el tema, por eso, es que esta ruta ya sí que pisaba en muchos tramos algunas de las rutas que habíamos hecho ayer con lo que, la verdad, no nos dio para mucho y en un visto y no visto estábamos de nuevo en la Markplatz. Se dice que todos los caminos llevan a Roma pero aquí no, aquí todos los caminos llevan a la Markplatz, y de eso te das cuenta cuando ya pasas por ella y ni levantas la cabeza para mira la fachada ni la torre del ayuntamiento de lo vistas que las tienes.

Fuera como fuera nuestro ritmo ya auguraba que esta escapada exprés a Basilea llegaba a su fin y nos lo tomamos, o mejor dicho, nos lo seguimos tomando, con mucha pero mucha calma, como casi todo, paseando primero por Barfüsserplatz, volviendo por última vez a echar un vistazo a las locuras de la Fuente Tinguely, recorriendo la comercial Steinenvor Stadt observando a la gente (si, si gente!) que había decidido que el peligro de holocausto nuclear ya había pasado y ya era seguro salir a la calle, tomar un café mientras nos inventábamos las conversaciones que estaban teniendo, todo muy tranquilo, muy ordenado, como no podía ser de otra manera en esta ciudad y es que, si tuviera que resumir este fin de semana, o incluso si tuviera que resumir a esta ciudad, muy probablemente esta sería la palabra: orden. Y no lo digo con connotaciones ni negativas ni positivas, que va, que cada uno que quiera averiguarlo coja un avión y venga a Basilea para crearse su propia opinión, que de eso se trata, porque esta simplemente es la mía: igual a una persona como yo que se siente cómoda en un caos relativo, un sitio como este le podría resultar agobiante, no lo voy a negar, pero tampoco diré que no sea un buen lugar para pasar un fin de semana distinto, Basilea tiene mucho para ver y mucho que ofrecer y de todos, absolutamente de todos los viajes se saca algo de provecho, algo te queda ya para siempre y en mi caso he de reconocer que Basilea ha servido para, a parte de conocer una ciudad nueva, para, a parte de darme un poco de aire para afrontar mi tediosa rutina, sobretodo Basilea me ha servido para reafirmarme en algo, y no es otra cosa que para saber que quiero seguir sintiendo el placer de andar desordenado. De andar por el lado salvaje de la vida. De andar libre y sobretodo, salvaje.

Seguimos!

 

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