Crónicas de Basilea: Dando tumbos entre la Grossbasel y el Rin

Con cara de –hace dos horas me estaba tomando mi último pelotazo en el mejor club de la ciudad y eso es lo que me llevo así que me la suda que me odiéis- apareció, con unos treinta minutos de retraso, la miembro de la tripulación a la que estábamos esperando para despegar los más de 160 pasajeros que desde las 7:00 de la mañana aguardábamos sentaditos para volar hacia Basilea.

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Una vez la amiga entró en el avión y después de pedir mil disculpas (la piloto, ella no dijo esta boca es mía en todo el vuelo) encaramos la pista de despegue del aeropuerto de Barcelona para dar, ahora ya si, el pistoletazo de salida a nuestra escapada exprés a esta ciudad suiza de la que, en verdad, poco sabíamos.

Vuelo tranquilo, sin muchas paranoias por mi parte, y en poco más de hora y media ya estábamos aterrizando en el aeropuerto de Basilea, llamado EuroAirport ya que en verdad no está situado en suiza, sino en Francia y da servicio a Basilea (Suiza), Mulhouse (Francia) y Friburgo (Alemania), motivo por el cual, una vez aterrizas, lo que has de hacer es ir siguiendo la banderita del país al que te dirijas.

Como llegar al centro de la ciudad

A diferencia de lo que nos encontramos hace un mes en París, en plenas navidades, donde las colas para los controles de pasaporte eran interminables, aquí se nota que poca gente viene y menos de quince minutos después de que el avión tocara tierra ya estábamos en las afueras de la terminal del lado suizo esperando que pasara nuestro autobús, el numero 50, para llevarnos al centro de la ciudad.

Los billetes los podéis comprar en unos cajeros automáticos que hay en la parada y que tiene su guasa descifrar, aunque antes os recomiendo que os paséis por la oficina de turismo del aeropuerto para coger unas pequeñas guías que hay en castellano donde te detallan 5 itinerarios que se pueden realizar a pie por la ciudad y que te muestran todos y cada uno de los rincones que esta tiene y que, en nuestro caso, serán la base sobre la que girará nuestra visita.

Eso sí, el autobús vale una pasta, algo más de 4€ por billete para los apenas 15 minutos que separan el aeropuerto del centro de la ciudad pero que sirve para que os preparéis para lo que os espera en ella ya que, si lo que tenéis pensado es una escapada Low Cost, amigos, os habéis equivocado de lugar. A nosotros nos bastó con esto y los casi 20€ que nos soplaron por dos cafés con leche y un trozo de tarta para activar el modo austeridad y mirar de salir con vida del fin de semana si es que queremos comer lo que queda de mes, claro.

Con todo esto apenas eran las 11 de la mañana que ya estábamos en el centro de Basilea, concretamente en la SBB Banhoff, o lo que es lo mismo, la estación de trenes, donde te deja el autobús, a las puertas ya del casco antiguo.

Lo bueno de Basilea es que está hecha a medida para ir andando, no en vano, su población no llega a los 160.000 habitantes, con la que muy grande no es y todo lo realmente interesante para visitar se centra en la Grossbasel (Gran Basilea) situada en la orilla sur del Rin y hacia allí es a donde nos dirigimos.

La idea, ya que hasta mediodia no podemos entrar en el hotel, y al movernos con unas pequeñas mochilas que apenas pesan, es empezar ya a descubrir la ciudad y luego, más tarde, acercarnos al hotel a dejar todo los bártulos y descansar un poco del madrugón, así que volvamos a las guías que hemos pillado en el aeropuerto y empecemos con ellas.

Ruta Jacob Burckhardt

Todas las rutas de la ciudad llevan el nombre de un personaje importante en la historia de Basilea y comparten el mismo punto de partida, la famosa Markplatz, cosa que facilita que puedas enlazar unas con otras. Además están señalizadas con unas placas con el color de la ruta y el rostro del personaje que le da nombre, con lo que tienes que ser muy necio para perderte.

En nuestro caso por eso, no empezaremos por Markplatz, sino que lo haremos por otro de los puntos más emblemáticos de la ciudad, la famosa fuente Tinguely, ya que es el punto que nos queda más cerca de la estación de trenes y una vez allí ya empalmamos con nuestra ruta.

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Esta fuente diseñada por el científico loco Jean Tinguely, es un conjunto de artilugios mecánicos que disparan agua a diestro y siniestro y que dan una buena idea de lo que nos encontraremos en el museo del artista donde tenemos pensado ir mañana.

Desde aquí sí que ya empezamos a seguir las marcas azules, en pleno casco histórico, hasta encontrarnos con el curioso museo de los juguetes, o como lo llaman ellos, el Spielzeug Welten Museum Basel, al que entramos.

La entrada cuesta unos 7CHF (7€) y está ubicado en un edificio de cuatro plantas llenas a rebosar de juguetes antiguos. Dicen que entre muñecos y osos de peluche hay más de 6.000 objetos y si os digo la verdad, da mucho yuyu ver a todos esos peluches viejos, algunos sin ojos, detrás de esas vitrinas bajo una tenue luz que los ilumina. Parece que en cualquier momento se tengan que levantar y empezar a arrancarse extremidades unos a otros. No me quedaba una noche aquí ni loco. Antes les prendo fuego.

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A pocos metros de este tétrico museo queda la concurrida Barfüsserplatz, uno de los centros de vida de la ciudad, midiéndolo con el baremo suizo, claro está y es que, si algo hemos visto en el poco rato que llevamos en Basilea es que aglomeraciones, lo que se dice aglomeraciones, no existen. Con alguna bici te cruzas de vez en cuando, eso sí, pero poco más, la verdad.

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Estas placas de colores nos guiarán entre callejuelas medievales

Estas placas de colores nos guiarán entre callejuelas medievales

Es a partir de este punto donde nuestro recorrido se mete ya de pleno en las callejuelas medievales de Heuberg y el Spalenberg, conservadas a la perfección, con casas enmarcadas en madera y sus calles adoquinadas hasta desembocar, ahora sí, en la colorida Markplatz.

Y sorpresa!! Hay gente!! Y es que hoy sábado es día de mercado en esta preciosa plaza y los puestos de fruta, verdura, quesos y demás se amontonan en ella mientras la gente hace la compra o simplemente curiosea bajo un sol que ya se empieza a dejar notar y calienta un poco el gélido ambiente de un febrero suizo.

La Markplatz en día de mercado

La Markplatz en día de mercado

Como hemos dicho antes, la Markplatz es el centro neurálgico del casco antiguo y en ella se encuentra el que, con diferencia, es el edificio más emblemático de la ciudad, el Rathaus, el ayuntamiento, cuya parte antigua tiene más de 500 años de antigüedad, con su característica fachada de color rojizo y al que se puede entrar para visitar su curioso patio interior lleno de pinturas y donde nos encontramos la estatua de Basilea, considerado el fundador de la ciudad.

Fachada del ayuntamiento

Fachada del ayuntamiento

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Vale la pena dedicarle un rato e, incluso, para los más frikis, me consta que la oficina de turismo de la ciudad organiza visitas guiadas a su interior. Nosotros, después de marear un poco por la plaza y de darnos un baño de gentes ya que no sabemos cuándo volveremos a tener contacto con humanos visto lo visto, tomamos la principal arteria comercial de la ciudad, la Freie Strasse, para dirigirnos, ahora sí, a nuestro hotel.

El Motel One Basel está situado justo entre la Freie Strasse que, como hemos dicho, es la principal calle comercial del centro y la Barfüsserplatz, alrededor de la cual se encuentran un buen numero de bares y restaurantes así que, por ubicación, es impecable. Tiene un look moderno, lleno de pijaditas de esas que se llevan ahora rollo postureo, y las habitaciones son espaciosas e impolutas con lo que, como mínimo, ya que nos dejamos una pasta (111€) para dormir una noche al menos parece que a gusto estaremos. Además, a última hora, hemos decidió, viendo los precios que hay por ahí, pillar también el desayuno (si, si, 111€ y no estaba incluido) que nos cuesta 15€ más por persona pero que es tipo buffet con lo que al menos nos pondremos a reviente para pillar fuerzas para empezar el día. Por lo demás el típico check in, gracias muy amable venga hasta luego dejemos las mochilas en el cuarto y au otra vez en la calle.

Ruta Erasmus

Aún nos quedaba un rato para comer con lo que decidimos llegarnos hasta la Münsterplatz, situada en la colina donde se fundó la ciudad hace más de 2100 años y en donde hoy en día encontramos la famosa catedral de la ciudad. Para ello elegimos seguir la ruta roja llamada Ruta Erasmus en honor a Erasmus von Rotterdam que vivió en la ciudad desde el 1466 hasta su muerte y que hoy da nombre a las famosas becas educativas de intercambio ya que fue de los primeros que recorrió Europa estudiando en varias universidades y además defendió la importancia de la educación para el desarrollo de la civilización.

Münsterplatz

Münsterplatz

Una vez en la inmensa (y desierta, claro) Münsterplatz, decidimos dejar la Catedral para mañana y la rodeamos para llegar a un precioso mirador sobre el río Rin desde donde se tienen unas vistas del la Kleinbasel (Pequeña Basilea), situada en la orilla norte del Rin, cojonudas. En días despejados, desde aquí, se divisa por un lado la Selva negra, en Alemania y por otro los Vosgos, situados estos ya en suelo francés aunque hoy ni unos ni otros, nada de nada y es que aunque el día no es malo hay como una ligera neblina que ni hace ni deja hacer, solo jode, vamos.

Uno de los puentes que separa la Grossbasel de la Kleinbasel

Uno de los puentes que separa la Grossbasel de la Kleinbasel

Para volver al centro recorremos la pintoresca Rheinsprung, paralela al Rin, y que nos deja de nuevo en la Markplatz donde, ahora sí, toca comer algo. A pesar de los precios, viajar a un sitio sin probar su gastronomía no entra en mis planes pero lo que sí que es cierto es en este caso preferimos gastarnos la pasta en la cena, que siempre tiene más rollo, verdad? y decidimos comer algo rápido y  barato y en todo el mundo, algo rápido y barato tiene un apellido: McDonalds. Pero sorpresa! Rápido lo es, si, pero no os penséis que es tan barato y es que si muy bien no sé cómo van los precios en Barcelona ya que muy asiduo no es que sea de estos establecimientos estoy seguro que no te soplan más de 30€ por un menú y poco más como nos soplaron aquí pero bueno, estamos en Suiza, asumido está.

Ruta Thomas Platter

Nuestra idea era la de, después de comer, ir al hotel a echarnos un rato ya que el madrugón que llevábamos encima no nos lo quitaba nadie pero con el colocón de las miles y miles de calorías del McDonalds hemos decidido, antes de la siesta, acercarnos a otro de los edificios más emblemáticos de la ciudad como es la Spalentor, una de las tres antiguas puertas de la ciudad que aún quedan en pie (esta fue construida en el siglo XIV) y a la que se llega después de cruzar el antiguo barrio de artesanos.

Spalentor

Spalentor

La ruta Thomas Platter, señalizada con placas de color amarillo, te lleva, desde aquí, hasta la Petersplatz, donde los sábados se celebra una especie de rastro donde puedes vender y comprar todo lo que se te pueda pasar por la cabeza, como en cualquier rastro de cualquier ciudad de cualquier país. Los rastros no entienden de banderas. Los rastros pertenecen a la humanidad, no creéis? En verdad me gusta pasear por ellos, se puede conocer mucho de un lugar visitándolos creo yo. Lo que se vende en ellos siempre son trozos de pasado y el pasado de cada pueblo dice mucho del rumbo que tiene en la actualidad. No sé, historias mías.

Al lado de la Peterplatzs encontramos la universidad más antigua, no solo de Basilea, sino de toda Suiza y es desde aquí donde ahora ya si enfilamos el camino de regreso al Hotel para descansar un rato.

Como he dicho antes, la ciudad es ideal para recorrerla andando y aunque parece que hayamos andado quilómetros y quilómetros la verdad es que yo creo que puedes cruzar de una punta a otra del casco antiguo en apenas diez minutos con lo que en un abrir y cerrar de ojos ya estamos en nuestra habitación, justo cuando el sol empieza a caer, mirando por la ventana a una calle, como no, desierta. Ahora si, a descansar.

La ciudad de las 20 estrellas

Cuando tienes pocas oportunidades de probar la comida de un lugar, la elección del restaurante donde cenar se convierte en un autentico calvario y más aún cuando te encuentras en un lugar como Basilea, convertida en todo un referente gastronómico con más de 20 restaurantes con alguna estrella Michelin, para poner un ejemplo, repartidos por la ciudad. Restaurantes hay para todos los gustos, de influencias francesas o alemanas, italianos, chinos, nepalís, mexicanos, japonenses, indios, de tapas y olé, minimalistas, de pucheros, vegetarianos, de cocina macrobiótica, de todo absolutamente lo que te puedas imaginar, vamos, todos distintos entre sí pero con un único común denominador: baratos no son aunque al final, todo se ha de decir, la cosa tampoco fue para tanto.

Escogimos el moderno Kolhmans para ello, situado en Barfüsserplatz, un concurrido restaurante de cocina suiza y del que habíamos leído buenas críticas. Además estaba petado y eso no falla. Si hay gente, se come bien.

Tuvimos la suerte de que uno de los camareros hablaba castellano con lo que a la hora de elegir nos ayudó bastante para al final decantarnos por una de sus especialidades, la Feuerkuchen, una especie de pizza de la zona con una base de queso agrio y, en nuestro caso salami, setas y pesto y una especie de hojaldre, cuyo nombre es imposible de pronunciar a no ser que te hayas bebido previamente una caja entera de cervezas, con un picantón esparramado encima y cocinado como al vapor, medio kilazo además, con lo que os podéis imaginar que salimos redondos, como a mí me gusta, vamos. Y lo más importante, todo bueno, muy bueno. Elegimos bien.

Y llegó la hora de pagar pero, como he dicho antes, con sorpresa ya que cuando yo esperaba una cuenta de ciento y bastantes euros nos llegó una de ni siquiera 80 con lo que aún sentó mejor la cena y es que esto es lo que te gastas mínimo al salir a cenar por ahí en el 80% de los restaurantes de Barcelona así que tan a gusto. Qué bien sienta comer bien.

Y así empezó, pasó y terminó nuestro primer día en Basilea, casi sin darnos cuenta, fluyendo como fluye Rin hacía el mar del Norte a escasos metros de nuestra habitación, despacio pero sin pausa y tranquilo, sobretodo, tranquilo.

Mañana más, pero eso ya es otra historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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